• Regístrate
Estás leyendo: ¡Dios mío! ¡Un musical adulto!
Comparte esta noticia
Miércoles , 15.08.2018 / 06:53 Hoy

Fuera de Registro

¡Dios mío! ¡Un musical adulto!

Nicolás Alvarado

Publicidad
Publicidad

Tras varios intentos, esa me pareció la mejor traducción. La frase en el inglés original es “Good God! An adult musical!”, y la cita es de Clive Barnes, a la sazón crítico teatral del New York Times, y su objeto es A Little Night Music, obra con música y letra de Stephen Sondheim y libreto de Hugh Wheeler, basada en la película de Bergman Sonrisas de una noche de verano (a su vez en deuda con el Sueño de una noche de verano shakesperiano e inspiración de la Comedia sexual de una noche de verano de Woody Allen).

Cabían otras traducciones: “¡Por Dios!” en lugar de “¡Dios mío!” y “¡Un musical para adultos!” en vez de “¡Un musical adulto!”. Si opté por la que quedó es porque me parece que el “¡Dios mío!” refleja mejor el verdadero azoro del crítico, y que “musical para adultos” suena casi a “para adultos de amplio criterio”, cosa que A Little Night Music es —y justo por hacer de eros su motor principal— pero no en el sentido obligadamente pornográfico que esa expresión suele sugerir. “Un musical adulto”, en cambio, sugiere que la obra acusa una madurez endémica, más allá de su recepción: que no ofrece concesiones narrativas a la complacencia, que no cultiva el relumbrón por el relumbrón ni la espectacularidad por escapismo. Que tiene algo que decir y ha decidido que la combinación de texto dramático, letra y música es el vehículo para hacerlo.

Y justamente musicales adultos es lo que ha escrito Stephen Sondheim ya desde su segundo producido en Broadway, el fallido pero legendario Anyone Can Whistle, hace este año 50. Antes de eso había picado piedra como letrista, y sus esfuerzos habían arrojado ya un par de clásicos: West Side Story (conocida en español con el título más bien impertinente de Amor sin barreras), pergeñada con Leonard Bernstein en 1957, y Gypsy, en mancuerna con Jule Styne, de 1959. La primera actualizaba la tragedia Romeo y Julieta —incluido su absurdo encono y su final infausto— al ambiente de las pandillas juveniles del Nueva York de la época. La segunda recurría a las convenciones escénicas del vaudeville (el equivalente estadunidense no de nuestro vodevil sino de nuestro teatro de revista) para contar la historia de una madre obsesionada con ver triunfar a sus hijas en las tablas, y rematar con su quiebre psicótico, expresado en música y palabras fragmentarias. De ahí a esa Anyone Can Whistle, una meditación acerca del poder y la locura en un pueblo estadunidense moralmente corrompido, lo único que mediaba era que el compositor y letrista erudito y versátil encontrara su propia voz, rabiosamente misántropa, invariablemente sutil y elegante, dotada para la disonancia y la rima interna pero también para la transmisión de ideas complejas y sentimientos ambivalentes.

La obra toda de Stephen Sondheim basta para desmentir las preconcepciones de quienes piensan que el musical solo tiene dos posibilidades: la comedia bajísima o la alta cursilería. Su gran época, de la mano del director Harold Prince, comienza con Company (1970, sobre la crisis del matrimonio en la modernidad), sigue con Follies (1971, sobre la futilidad de los sueños de juventud, encarnada por la decadente belleza de unas coristas añosas que se reúnen a recordar tiempos por fuerza mejores) y se desgrana en la ya mencionada A Little Night Music (1973, sobre la tortura mental que supone el enamoramiento… y esto a ritmo de vals), Pacific Overtures (1976, donde abreva del lenguaje del teatro kabuki para pensar la occidentalización forzada de Japón) y Sweeney Todd (1979, llevada en 2007 al cine por Tim Burton, sobre la venganza en su vertiente antropofágica).

En un segundo momento, Sondheim colaboraría con el director y dramaturgo James Lapine, de marcada vocación psicoanalítica, para hacer tres obras de madurez, más osadas y menos “Broadway” aun si cabe: Sunday in the Park with George (1984, sobre los claroscuros del arte a partir de la figura de Seurat), Passion (1994, sobre la obsesión amorosa, con base en la Passione d’amore de Ettore Scola) e Into the Woods (1987, relectura psicologista y oscura de varios cuentos de hadas). Y es justo esa Into the Woods la que me lleva a escribir esto, pues en pocos días llegará a nuestras pantallas en versión de Rob Marshall, protagonizada por Johnny Depp y Meryl Streep. En esa obra, Sondheim y Lapine van más allá de Bettelheim para identificar el quid de esos relatos infantiles: el deseo insatisfecho. Cenicienta quiere ir al baile, Caperuza complacer a su abuela, Jack alimentar a su familia, La Bruja que Rapunzel funja como su hija. Todos deseamos y padecemos, nos dice Sondheim en su brillante ensayo musical sobre la falta.

No hay ahí cursilería ni escapismo. Hay vida y hay teatro. (Ojalá también cine. Veremos.)

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.