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Fuera de Registro

Artículo de lujo

Nicolás Alvarado

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Si Rudolph Valentino aprendió a boxear fue por causa del maquillaje. Actor de cine, lo afectaba —lo mismo que sus contemporáneos John Gilbert, Antonio Moreno, Francis X. Bushman o Ramón Novarro— en la estética artificiosa que la moda (y la iluminación fílmica de la época) hacían afectar entonces a quienes se desempeñaban frente a la cámara. Dandy y consciente de su imagen, acaso lo haya utilizado también para presentarse en público, para regodearse en su propio atractivo, para potenciarlo y seducir a tantas —a Alla Nazimova, a Natacha Rambova, a Pola Negri— fuera como dentro de la pantalla. Icono popular en un tiempo de transgresiones —los locos 20 lo fueron tanto como los contraculturales 60, solo que, al quedarnos más lejos, tendemos a olvidarlo—, contribuyó a popularizarlo por un momento entre los de su género, no como emblema de una feminización a la que no parecería haber aspirado sino de un lance vanidoso que era espíritu del Zeitgeist en esos tiempos de bellos y malditos. No sorprende entonces que muchos vieran en la moda pasajera de los afeites masculinos la impronta de Valentino, y que incluso un editorial del Chicago Tribune fechado el 18 de julio de 1926 la identificara como factor de la instalación de una máquina vendedora de polvos faciales en un baño público de hombres en esa ciudad. Menos comprensible, sin embargo, será el tono claramente injurioso del texto, y el artero hecho de su publicación anónima:

¡Una máquina vendedora de polvos! ¡En un baño de hombres! ¡Homo americanus! ¿Por qué no ahogó alguien soterradamente a Rudolph Guglielmo, alias Valentino, hace años?... ¿Gusta a las mujeres la clase de “hombre” que se aplica polvo rosa en el rostro en un baño público y se arregla el peinado en un elevador público?... Hollywood es la escuela nacional de masculinidad. Rudy, el hermoso hijo del jardinero, es el prototipo del macho estadunidense.

Valentino se vio llamado a ofensa, quiso probar esa masculinidad, retó al burlón a identificarse y enfrentarlo a golpes, como hombrecito. Cobarde, el escribano perseveró en su anonimato. Toro salvaje (con polvos rosa), el actor entrenó boxeo con su amigo Jack Dempsey, dio una pelea de exhibición contra su amigo el periodista deportivo Frank O’Hara, solo para probar la solvencia de sus puños. Murió un par de semanas después, de una peritonitis no relacionada con el episodio, acaso frustrado pero acaso también vindicado.

Casi 90 años después el panorama es, por fortuna para los avatares de la masculinidad, otro: la semana pasada la revista francesa Le Point reveló los pagos erogados por el Palacio del Elíseo en favor de una profesional del maquillaje que atiende al presidente Emmanuel Macron y, si bien el escándalo y los chistes han estado a la orden del día en medios de comunicación y redes sociales, su tenor parece ser el cuestionamiento no a la virilidad del mandatario sino al gasto excesivo de recursos públicos en su persona. No es poca cosa. Que hoy la opinión pública repruebe un gasto público de 26 mil euros en tres meses en afeites y potingues pero condene al funcionario responsable solo por el monto y no por el rubro habla de una saludable transformación de la noción de masculinidad, una en que la vanidad y el cuidado de la apariencia no tienen por qué ser prerrogativa exclusivamente femenina, una en que la idea de la belleza como constructo artificioso se ha reconciliado con la de lo que debe (o, mejor, puede) ser un hombre. Considérese el episodio, entonces, un triunfo no solo de la transparencia presupuestal y la rendición de cuentas sino del cambio cultural en torno a los conceptos de género e identidad.

Muchos artículos han sido publicados al respecto pero acaso el más inteligente sea el de la sección de estilo de vida del periódico británico The Telegraph titulado “Cómo podría el presidente Macron ahorrarse 8 mil libras esterlinas al mes en maquillaje”. Juguetona y orondamente oportunista, la nota de la editora de Belleza Victoria Hall cita la predicción de la firma L’Oréal de que, antes de cinco años, las tiendas departamentales contarán con mostradores de maquillaje masculino y hace algunas recomendaciones al presidente (y, de paso, a los lectores): que si el humectante con tinte de Kiehl’s o de Lab Series, que si el corrector, que si el truco para aplacar las cejas con una brochita y spray capilar, todo lo cual podría aplicarse él mismo, sin el cargo de una profesional onerosa al erario. Aparentemente frívolo, el texto encierra una verdad profunda: que la vanidad masculina es legítima pero también que deber ser privada, aun si solo en lo presupuestal. Un hombre de verdad, nos recuerda, es el que se hace cargo de su persona, de su familia, de su país dado el caso… y también de sus gastos de maquillaje.

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