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Miércoles , 15.08.2018 / 14:30 Hoy

Fuera de Registro

Antonioni en la funeraria

Nicolás Alvarado

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La noche

A todos ha de llegarnos esa noche de errancia por los caminos del sinsentido, de toparnos de frente con el hecho –alienado pero inalienable– de que toda existencia humana desemboca en algún momento en una anagnórisis que se revela regalo envenenado, en esa última epifanía que consiste en percatarse de que ha dejado uno atrás la edad de las inspiraciones para desembocar sin remedio en el río de los recuerdos. (Los italianos son buenos para hacer películas sobre eso: no sólo el Antonioni que articula este texto —y mi humor de los últimos días— sino, más travieso, el Fellini de La dolce vita y, más avieso, el Sorrentino de La grande bellezza.) Para Ella, para su Gran Amigo (el de ella misma) y para el Otro Gran Amigo (el de Él), la noche de marras hubo de ser la del accidente, la de la llamada telefónica absurda (Querétaro— Madrid—México hubo de ser la trayectoria globalizante del dolor) portadora de la noticia (del virus incurable) de que Nacho ya no era más. Para mí, en cambio, como para tantos, esa noche fue la siguiente, culminación a un tiempo aborrecida y anhelada —por la tanta tristeza contenida a lo largo de una jornada más fútil y más estúpida a cada minuto— de un proceso de duelo (y dolemos mucho los que lo quisimos, aun si pertenecíamos a un segundo o tercer círculo de su vida pródiga) que no hacía —que no hace— sino comenzar.

¿Nacho Padilla muerto? La retórica de la frase es dudosa —cliché todo salvo literario la formulación a manera de pregunta incrédula e impotente— pero la absoluta chingadera que supone el hecho lo amerita. ¿Porque su Amphytrion me pareció brillante y su Espiral de artillería fallida pero valiente y su Vida íntima de los encendedores un hallazgo (un snowglobe intelectual wellesiano)? También pero es lo de menos. Más bien porque era divertido y entrañable y solidario y amoroso y generoso y bueno y todas esas chorradas que solemos decir a propósito de los muertos (sólo que en este caso, al menos a la distancia a la que estábamos, sí se verificaban sistemáticamente), y porque voy a extrañar las cenas y los tragos y los babyshowers y hasta las entrevistas (aunque fueran cada año), y porque quizás —el bienintencionado sacerdote dixit— Nacho esté en un mejor lugar (si es que hay tal cosa; yo mismo creo que somos encendedores desechables) pero no lo están sus padres ni sus hijos ni Jorge y Rocío ni Ricardo y Marcela ni, desde luego, esa Ix cuyo valor absoluto es incógnita que él supo despejar.

Ni yo. (Me consigo en otro párrafo porque soy un personaje de reparto.)

El eclipse

Aquí es donde Antonioni vira a Woody Allen para recalar en Bergman. ¿Cuál es el colmo del velorio de un amigo? Enterarte durante su curso de que se te murió otro amigo. Pinche celular: no tiene respeto ni por las misas fúnebres. Pero, esclavo que soy, termino por ceder a su vibración pertinaz aunque impertinente y consulto la pantalla. Tres llamadas perdidas de Fritz Weingartshofer. ¿Qué querrá? Segundos después, queda asentado por escrito: Fritz —sólo el registro civil y las secuencias de créditos lo llamaban Federico— murió, y es su flamante viuda (¿es esto un oxímoron?) la que me busca para avisarme.

Nuestra vecindad ostensible era profesional pero lo ignorábamos: antes de eso fue inmobiliaria. El ex marido de mi mujer (hoy muerto, y también me duele) les vendió a él y a su entonces mujer (otra muerta que me duele) su mitad del dúplex que solía compartir con la mía, contiguo a aquel donde —just a gigolo— transcurrieran los primeros años de nuestro flamante (¿es esto un pleonasmo?) matrimonio. En el curso de hacernos amigos, descubrimos dos cosas: que a él le gustaba tanto hornear y regalar galletas de jengibre cada diciembre como a mí recibirlas y comerlas, y que ambos nos dedicábamos a lo audiovisual. También hubimos de toparnos con el tiempo por los pasillos de esa otra casa (o caja) que compartimos. Como colega y como espectador, compartí su memoria para el cine y admiré su ojo para el arte. Hace unos meses quise hacer también mía su mirada. Declinó. Me dijo que el proyecto le entusiasmaba pero que la energía no le daba. Y como tengo un doctorado vicario en cáncer le mandé un abrazo acaso anticipando que ya nunca se lo daría.

Tomo a mi mujer del brazo. Quisiéramos perdernos en las nubes. Pero el vehículo nos conduce a otra funeraria.

La aventura

Yo caí como una piedra pero Eunice durmió mal. A la mañana siguiente, sin embargo yo me veo y me siento embotado, y ella luce radiante. Estuvo pensando, me dice. En Nacho. Y en Fritz. Y en ella misma. Por eso mira al monte Etna, convencida una vez más de que nada le conmueve más que un volcán en erupción.

Nacho y Fritz sonríen. Y yo me muero de ganas de que esto termine en puta película de Wenders.

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