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Miércoles , 17.10.2018 / 14:12 Hoy

Fuera de Registro

Anteproyecto de reconstrucción

Nicolás Alvarado

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El edificio está en pie. No es una pila de escombros, no hay gente atrapada adentro, no impide la circulación habitual. Lo que no significa que el edificio esté incólume. Rodeado por un cordón de seguridad amarillo, los daños están a la vista de todos. Un montón de cascajo, pequeño pero significativo, recordatorio del preocupante estado de las cosas en su interior, al pie. Unas puertas que han sufrido una transformación en su morfología, lo que dificulta la entrada o la salida. Daños en la fachada, que se ofrece por pedazos desnuda al ojo, que mina la impresión de razonable solidez que daba el edificio hasta ahora, que se antoja doliente y permanente recordatorio de lo mucho que hay por reconstruir. Y grietas. Muchas. Verticales. Que surcan el edificio de arriba a abajo, que cruzan todos sus niveles —del penthouse a (hay que considerarlo aunque no los veamos) los cimientos—, que evidencian el mucho daño que esta sacudida ha, más que propinado al edificio, revelado en él. Es de pensar que las escaleras y el elevador acusen daños similares, que el elevador no suba y el tránsito entre un nivel y otro sea, si no imposible, sí muy difícil. El edificio, entonces, está en pie, pero se antoja difícil de habitar.

Daño estructural, ha sido el veredicto de los peritos. Heredero de problemas estructurales, habrá que añadir. Es decir de problemas que el edificio viene arrastrando desde el momento mismo ya no de su construcción sino de su proyección. Puede haber culpa de alguien o de todos o de nadie pero acaso no sea éste el momento de fincar responsabilidades —no nos desgastemos en dimes y diretes cuando tanto y tan difícil hay por hacer— sino de comprender que el edificio es uno que corresponde al tiempo y al lugar de su concepción, a unas normas y unas técnicas y unas ordenanzas que son las que se ajustan a los valores de aquel momento histórico. Y que el mundo cambió y el país cambió y la ciudad cambió y las personas cambiaron, y que, aunque no faltó quien lo intentara, el edificio no logró transformarse en la misma medida ni a la misma velocidad. Hay quien dice que el problema no tiene tanto que ver con la forma con que fue construido el edificio sino con el escaso mantenimiento que se le dio: que los administradores visiblemente no se preocuparon por impermeabilizarlo con regularidad, lo que hizo que el agua de tantas lluvias (¿sobre mojado?) se filtrara por las paredes porosas y fuera debilitando la estructura con el correr de los días, de los años, de los sexenios, de los periodos, de los siglos. Bien puede que así sea, lo que se antoja un argumento no tanto para los procesos contenciosos —al menos no hoy; insisto: no hay tiempo que perder— sino para evaluar con un rasero más exigente (y más consciente, menos emotivo) a los futuros administradores, para precisar con mejores criterios las normas para la conservación y el mantenimiento preventivo, para comprometernos todos los inquilinos a pagar las cuotas y pugnar por la rendición de cuentas, para hacernos corresponsables del espacio que todos habitamos.

Es necesario terminar ese peritaje. Y hacerlo sin oportunismos: sin tratar de llevar agua al propio molino, sin eludir la propia responsabilidad, esforzándonos por comprender qué del daño es cosmético y qué estructural y cómo podemos sumar conocimientos y empeños para resarcirlo. Es necesario también elaborar un proyecto de reconstrucción: uno que abreve de la experiencia de todos, interna pero también externa, pasada pero también presente, con la mira puesta en el futuro. Deberá ser un proyecto no con un solo responsable sino con muchos, con todos. Uno que comprenda que hay arquitectos e ingenieros, maestros de obras y albañiles y administradores y vecinos, autoridades públicas federales y estatales y municipales e instancias privadas, y que todos debemos colaborar en él y asumir plena responsabilidad no solo de nuestra parte sino de cómo engarza ésta con el todo. Y no solo hasta hacer del edificio un espacio una vez más habitable sino más allá, a todo lo largo cuando menos de nuestra vida, si no es que de la suya.

En los últimos días hemos sido ya testigos de lo que se perfila como ese esfuerzo de reconstrucción y en muchos frentes hemos identificado acciones alentadoras, aunque dispersas. Falta integrarlas en un proyecto constructivo. Falta elaborar los planes y trazar los planos para ponernos todos a edificar sobre esos nuevos cimientos, conscientes de que la responsabilidad principal de la solidez de la obra futura está en nosotros mismos y no en otro que en el mejor de los casos podrá ser apenas un buen articulador de los esfuerzos y las voluntades de todos.

Es momento, pues, de poner manos a la obra. De trabajar.

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