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Martes , 23.10.2018 / 05:28 Hoy

Cuentos

El vacío

Mored

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“Afuera, afuera tú no existes, solo adentro
Afuera, afuera no te cuido, solo adentro
Afuera, te desbarata el viento sin dudarlo
Afuera, nadie es nada, solo adentro”
Caifanes

Llevaba muchas horas sentada en el escusado, más de las que desearía, pero la diarrea y los retortijones la mantenían en un estado de ostracismo en el baño.

Aquella discusión con su papá en el restaurante la habían puesto tan mal, que su intestino se había mal dispuesto.

Entre sus piernas podía ver la etiqueta de su tanga: lávese a mano, no use cloro, use agua tibia, use jabón de barra, no exprima, secar colgado a la sombra, planchar a temperatura baja, hecha en México para Nueva Walmart de México.

-¿Por qué tanta pinche instrucción?, nada más falta que me digan cómo usarla y con quién usarla o con quién no, hasta parece que lo escribió mi papá. Me la voy a quitar, he pasado más tiempo sin ella que con ella, con esta diarrea que no puedo dar dos pasos sin sentir que todo se me sale. Uuuuh si mi papá supiera que ando sin calzones.

-¿Y si voy al médico del dispensario que tanto recomendó mi papá?, bueno, mi papá me hubiera recomendado a cualquiera con tal de sentir que él tiene la razón de todo. Vale madre, yo voy, no se pierde nada. Total, si no funciona el amigo, me lanzo con otro particular.

Una vez estacionado su auto en aquellas céntricas y turísticamente disfuncionales calles, buscó la dirección.

-Qué bronca es estacionarse aquí, me hubiera venido en camión, no, no es opción, nunca falta el cabrón que quiera darse unas embarradas en mis nalgas.

En eso estaba cuando un empellón y “un disculpe no la vi”, la despertaron de su monólogo.

-No, no se disculpe, la culpa ha sido mía, vengo muy distraída.
-Insisto señorita, la culpa fue mía
-Los dos, los dos por venir cada quien en sus temas, por cierto señor, ¿usted sabrá dónde está el dispensario de la iglesia de San Ignacio de Loyola?
-Claro que sí, está usted parada frente a él
-Ve como vengo de distraída, muchas gracias, voy a pasar
-Pase usted señorita, que tenga un buen viaje
-¿Buen viaje?, pinche loco, ja ja, cual viaje, vengo a que me paren la diarrea.

Dos timbrazos y la puerta se mantenía en su hermética postura, ¡retadora, inexpugnable, sobria en su poderío de saberse la centinela y guardiana del lugar!, hasta que Paola con un instintivo empujón la abrió, pese a los deseos de la misma.

-De haber sabido, pinche puerta estaba abierta

Al interior, un recibidor en forma rectangular, la decoración comenzaba y finalizaba en un escritorio viejo, metálico, aburridamente gris, sin más enceres que el polvo que le recubría. Techos altos, pintura blanca hecha a base de cal y piso rojo con vivos en amarillo de flor de Liz. Era como viajar al pasado, aquellos años de televisión en blanco y negro, de mochos rosarios todos los días y de muchas horas para ver pasar la vida.

Frente un pasillo largo, enlutado, al fondo una puerta pequeña con una luz tímida que se asomaba para observar si alguien había entrado al inmueble.

A Paola le quedó muy claro que la invitación estaba hecha hacia el final del pasillo. Recorrerlo fue una suerte de trance entre los ecos de sus botas paramilitares, la oquedad constante del sitio, un ensayo al más allá.

Al llegar, abrió con cautela la puerta, y encontró una habitación suya de vejestorio, abotargada de pequeñas cajas con nombres de medicamentos de piso a techo y de regreso, sólo dando espacio para una pequeña mesa arrinconada, una silla de madera y unas hojas del blanco con una pluma bic de punto fino color negro.

Una voz le susurró al oído:

-Buenas tardes

Paola sintió calambres por todo el cuerpo, sus poros se abrieron exudando el susto y apretando las nalgas, brinco hacia el frente de un liviano, que encaró a la voz aquella.

Era un señor entrado en años, con una bata blanca que lloriqueaba el uso continuo, breve de estatura, calvo, y con unos lentes de armazón tan corrido en años como él.

-Buenas tardes- dijo Paola aún con la sudoración en todo el cuerpo.

-Buenas tardes, ¿viene a consulta?

-Sí, sí, a eso vengo.

Aquel personaje, abriéndose paso en aquel mundo de cajas con la maestría de un político esquivando las críticas y demandas sociales, se hizo a la mesa y se sentó, dejando a Paola con su aún estupor de pie.

-Dígame, ¿qué le duele?

-Este, pues, dolerme como tal no, tengo diarrea y no he podido contenerla.

-Muy bien, ¿alguna otra cosa?

-¿Le parece poco?- pensó Paola- no doctor, sólo eso.

-Muy bien- sacó una cajita de medicamento de su bolsillo derecho, la abrió y se lo dio a Paola- hábleme de su papá.

-¿De mi papá y para qué quiere que le hable de mi papá? Mi problema es la diarrea que traigo, que es por culpa de él, de sus señalamientos de toda la vida, de su misoginia, de su poco tacto y ego de macho, de su egoísmo, falto de humildad.

El tiempo pasó y una cascada tras otra de vituperios y reclamos a aquel que aportó para fecundar el óvulo materno vomitaban desde su ser más interno sobre la cajita.

Una vez que Paola no tuvo más en su interior, el doctor se acercó, le despojó de la cajita para sumarla al sin número de las mismas en aquella habitación.

-Has quedado vacía, ya puedes hablar con sabiduría y autoridad con él.

-¿Cómo?

-Pao, Pao, hija, ¿qué haces aquí?

Paola volteó y vio a su papá parado en la calle, regresó su mirada y la puerta aquella sostenía un letrero: “Cerrado por inventario”.

Pasmada y confundida, tomó del brazo a su papá y encaminándolo le dijo:

-Ven papito, tenemos que hablar.

Fin

@moredilustrador

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