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Martes , 19.06.2018 / 00:39 Hoy

Columna de Montserrat Peñaloza

De consumo y redes sociales

Montserrat Peñaloza

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El cambio de las relaciones humanas hacia plataformas como Facebook y Twitter significa una pérdida de lo humano. Eduardo Punset explica que lo asombroso de la era digital es que las personas interactúan desde diferentes partes del mundo. Comparando las relaciones de hoy con las de hace 50 años, antes llegábamos a conocer a 100 personas en toda la vida, ahora con las plataformas digitales podemos conocer a más de dos mil; el límite es el cielo o, mejor dicho, la fibra óptica. Punset se refiere a una sociedad interconectada, que en pleno siglo XXI sería primitivo detener. La interrogante es: ¿Para qué estamos utilizando esas nuevas tecnologías? Los beneficios se convierten en sueños, deseamos más "primaveras árabes", pero resulta que se está revirtiendo esta herramienta potencial en contra de la sociedad, e impone nuevos escenarios de control. Por ejemplo, antes de la liberación de Libia el agua se vendía en 20 centavos el metro cúbico, después de la revolución y democratización del poder, la empresa francesa "Veolia Water" se adueñó de uno de los más importantes yacimientos de agua dulce en ese país, subiendo el precio del agua ahora a 3 dólares.

La tecnología, como dice Herbert Marcuse en El hombre Unidimensional (1954), no puede ser separada del empleo de la misma, de tal modo que la independencia que creemos tener al momento de compartir y buscar algún producto, se convierte en información de un sistema virtual que opera como aparato de control, sirve para instituir normas de cohesión social, legitimar usos hacia lo que piensa la mayoría, y se convierte en una falacia, la democracia en la web. Todo el día producimos una imagen para sobresalir y diferenciarnos, utilizamos la apariencia y el pensamiento como protesta de aquello que no nos agrada y que no parece agradar a nuestro círculo social, buscando aprobación con un Like.

Lo que pasa es que si todo el proceso de consumo fuera una feliz decisión, no habría aspiraciones, sería un grado de satisfacción o de sensación de bienestar, pero así no suceden las cosas. Parece que en cada idea de consumo, de nuevo conocimiento o de venta, persevera una dicotomía de felicidad e infelicidad, de burla a los de abajo y de tristeza por los de arriba, sucede un binomio sentimental incentivado por las instituciones y el sentimiento aspiracional gesta también desprecio hacia la diferencia, que repercute en las relaciones de la vida real.

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