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Sábado , 23.06.2018 / 18:56 Hoy

Columna de Miriam Hinojosa Dieck

Son malos, pero muy nuestros

Miriam Hinojosa Dieck

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La crónica de la maldad es una tentación irresistible para todo contador de historias. Mientras la bondad es, por definición, recta, la maldad reviste sinuosas evoluciones de la conducta que multiplican el material del que se dispone para narrar y convierten en apetecible cualquier anécdota.

Mientras que la bondad apuesta por la similitud con la divinidad y por lo tanto se construye en dirección de la perfección, la maldad huele a humano, a terrestre y, por lo tanto, apela a la cercanía. Mientras que en décadas pasadas, la autora de Mary Poppins rehuyó a las solicitudes de Walt Disney para filmar su cuento autobiográfico por temer que el padre de Mickey Mouse convirtiera algunos dolorosos pasajes de su vida en versiones extremadamente edulcoradas, hoy la empresa saca al mercado una nueva franquicia denominada Descendants, en la que dibuja un futuro para los hijos de sus malvados. Es cierto, los adolescentes retoños de Cruella de Ville o de Maléfica buscan redimirse y romper con el legado negativo de sus ancestros. Pero finalmente son los antagonistas los que se llevan el estelar.

Por eso no es de extrañar ni que la vida de El Chapo resulte interesante para los cineastas, ni que un personaje tan terrenal tenga un ego de talla a vincularse con Hollywood para convertir sus hazañas en espectáculo.

Lo que me asombra es ese sentimiento de apropiación que los mexicanos desarrollamos en torno a este villano. Queremos mantenerlo a la sombra, pero en cárceles mexicanas. Entiendo lo que con ello ganan las autoridades quienes, en una extradición inmediata, estarían de cierta forma abdicando a su capacidad de mantenerlo tras las rejas. Pero los ciudadanos de a pie ¿por qué preferiríamos que purgara su pena aquí y no en Estados Unidos o en donde lo quieran procesar? Pareciera que a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, con las escuelas, que no nos despiertan ninguna percepción nacionalista de pertenencia (si no, no estarían en ese deplorable estado), en las cárceles sí vemos una extensión de nosotros mismos o, por lo menos, de la soberanía nacional. Definitivamente hay más atractivo en lo malo que en lo bueno.


Politóloga*
miriamhd4@yahoo.com

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