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Lunes , 15.10.2018 / 17:26 Hoy

Columna de Miriam Hinojosa Dieck

Soberanamente ciego y sordo

Miriam Hinojosa Dieck

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Imaginemos al dueño de una empresa que sólo ve y escucha lo que sus empleados le ayudan a percibir, por lo que durante largo tiempo aceptó la versión idílica que emanaba de reportes que no coincidían con lo que llegaba a sus bolsillos. Pero los datos se escuchaban tan complejos, y el currículum de sus empleados tan extenso, que no se le ocurría cuestionarlos.

Pero, poco a poco, identificó que las frases repetían la misma cantaleta triunfalista que cada día se separaba más de su estrecha realidad. Entonces exigió cambiar a algunos administradores. El departamento de Recursos Humanos le aseguró que acatarían sus órdenes y traerían a nuevos cuadros que dirigirían mejor la empresa. Pero los disparates del informe anual se siguieron repitiendo.

Harto de la invalidez a la que lo condenaban y preocupado porque al parecer su descendencia padecía del mismo mal que lo incapacitaba, el dueño de la empresa exigió que se le brindaran nuevas herramientas que abrieran sus ojos y sus oídos a lo que allí ocurría. Nuevamente, los altos directivos se cuadraron pomposamente ante las órdenes de quien ellos llamaban "el soberano", y dijeron pondrían manos a la obra. Contrataron un millonario servicio de cámaras que permitiría ver en tiempo real las interacciones que sus empleados tenían con los clientes y entre sí. Además, todo lo reglamentaron en millares de hojas de políticas institucionales. Pusieron todo esto, muy sonrientes, a disposición del propietario a quien, además, instaron a felicitarlos y otorgarles un bono por hacer posible esta millonaria proeza. El dueño de la empresa, asombrado, trató de hincarle el diente a la preciosa información que por fin tenía ante él. ¿Para qué quería ya los soporíficos informes? Ahora podía presenciar lo que ocurría en las tripas de esa empresa que tantos desvelos le provocaba. Y, sin embargo, fue como tratar de beberse el océano en un vaso. Efectivamente, allí estaba la información, pero era materialmente imposible escudriñarla. Ese big brother en el que teóricamente lo habían convertido, quedaba anulado bajo la cantidad de datos que habría que procesar si se quería tener así fuera un atisbo de la realidad de la empresa.

Se le ocurrió una nueva solución. El director general tendría que rendir un informe claro, exacto, contundente. No discursos, verdaderos datos. Y, para garantizar que no le mintiera, invitaría a los demás funcionarios a presenciarlo con él y los alentaría a confrontar al director general si incurría en alguna inexactitud. Se arrellanó en su butaca y se frotó las manos ante la perspectiva de, por fin, conocer lo que en cerca de 200 años había podido acumularse como activos del negocio. Apenas el director general comenzó a hablar, se desataron también las intervenciones de los demás funcionarios. Le gritaban "espurio", se disfrazaban de cerdos, desplegaban mantas. Más hacía el principal de los directivos por hablar, más arreciaban, ya fueran las críticas de sus detractores, o bien los aplausos con los que sus seguidores buscaban ahogar la rechifla. Al final, el informe se sumergía en ese ruido ambiental que año tras año acompañó a esta infructuosa lucha del dueño de la empresa por saber lo que realmente pasaba con su negocio, hasta que por fin comprendió que eso no sería posible.

Hoy, el ciego y sordo dueño, trabaja en una nueva hipótesis que le permita tomar las riendas de su aparentemente improductiva posesión y hacerla redituar lo que los libros dicen que vale: ha decidido hacerse cargo del área de Recursos Humanos para ver si por fin puede contratar los funcionarios que requiere.


miriamhd4@yahoo.com

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