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Lunes , 22.10.2018 / 16:35 Hoy

Columna de Miriam Hinojosa Dieck

¿Estamos ante una provincia que se niega a avanzar al ritmo que el centro le marca?

Miriam Hinojosa Dieck

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Admiro profundamente la lógica de los sistemas federales. Son un logro perpetuo porque, a través de la tensión entre institucionalidad y respeto a la especificidad, mantienen un delicado equilibrio que permite dar cabida a las asociaciones que las realidades amenazan con dividir.

Los casos de Bélgica o de Suiza, incluso el de la propia España —que hoy es puesto a prueba— son paradigmáticos en este sentido. La existencia de un reconocimiento institucional a la diferencia, que se evidencia a través de fronteras internas que, traslapándose las de corte cultural con las de origen religioso y las de carácter político (lo que los politólogos llaman crosscuting) permiten mantener unido aquello que, atendiendo puramente a su actualidad, estaría condenado a disociarse, y llevar a las partes a gravitar en torno a otros astros potencialmente más atractivos.

Los Estados Unidos han hecho del federalismo parte de su identidad y la ingeniería legal que de allí deriva, sumada a un exitoso esquema de pesos y contrapesos entre los poderes, así como al respeto a los ámbitos de acción incluso de las autoridades a más pequeña escala —como los condados— son elementos cruciales de su devenir como democracia.

En nuestro país el federalismo nunca ha logrado obtener un certificado de origen que lo ancle profundamente como valor de nuestro sistema político. Y es que nos valemos de él como si de un pabellón de complacencia se tratara; lo abanderamos cuando nos conviene porque abjuramos de alguna decisión proveniente del centro, o bien, discretos y veloces, lo retiramos del mástil para aprovecharnos de alguna bonanza que, viniendo de la capital, nos recuerda cuán endebles son nuestras convicciones regionales.

Hoy, es la capital la que nos interpela. Y lo hace partiendo de la hipótesis de que la corrupción y el tráfico de influencias encuentran en los caciquismos locales caldos de cultivo extraordinarios para expandirse. A ello se suma lo que desde el centro se puede ver como una incapacidad de leer los signos de los tiempos que nos indican rutas que sólo podemos recorrer al pavimentarlas con reformas que se basen en las mejores prácticas en políticas públicas de acuerdo a lo que pregonan los organismos internacionales, los académicos y, sobre todo, los experimentos exitosos llevados a cabo en otros países.

Cuando los gobernadores debieron volverse una fuerza mayor debido a la coexistencia de autoridades surgidas de partidos distintos al que detenta el Gobierno Federal en turno, se han vuelto, en cambio, eslabones frágiles de la cadena que nos vincula con el mundo desarrollado, sin que para ello intervengan siglas o colores.

De acuerdo a la lectura que se hace desde el Poder Judicial, por ejemplo, la cercanía de los gobiernos locales con los liderazgos sindicales hace que la reglamentación que se les impone no vaya en la dirección que las reformas estructurales requieren.

El más reciente ejemplo de ello es el fallo dictado por la Suprema Corte de Justicia de la Nación en el que claramente indica que no es facultad de las legislaturas locales lo referente a la reglamentación de la carrera magisterial. Dicho de otro modo, que no permitirá que autoridades locales complacientes impidan que a los maestros se les evalúe o se les dé de baja conforme a lo que estipula la legislación federal en la materia, cimiento de la reforma educativa.

Me gusta mucho el federalismo, admiro cómo resuelve, por la vía institucional, los particularismos locales, pero no puedo sino aplaudir decisiones como éstas que, aunque centralistas, protegen derechos sagrados como el que tienen los niños a una buena educación.


Politóloga*
miriamhd4@yahoo.com

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