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Lunes , 16.07.2018 / 11:56 Hoy

Columna de Miriam Hinojosa Dieck

¿Hacerlos estrellas o estrellarlos?

Miriam Hinojosa Dieck

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El tema de la inseguridad nos ha dejado muy claro que nuestros hijos viven mucho más recluidos de lo que estuvo la generación de sus progenitores, y ya no se diga la de sus abuelos. Mientras mi madre y mi padre se movían a pie o en camión por todo Monterrey, a mí me tocó un esquema más aburguesado en el que nos trasladaban en coche al colegio, pero tenía autonomía total para tomar mi bicicleta y desaparecer en algún recoveco del barrio con tal de que ya hubiera terminado la tarea. Mis hijos no van a ningún lado si no es en compañía de alguno de sus padres o abuelos.

Pero ojalá esa fuera la única esclavitud que su época les impone. Del leotardo más pequeño del mundo salió un grito ensordecedor. Con un peinado alto y un inmenso moño, un símil de bailarina que no alcanzaba los quince meses de edad reclamaba con furia a su mamá mantenerla en brazos.

Quizá la madre había sido seducida por uno de los tantos panfletos que en cada colegio se entregaron este regreso a clases vendiéndonos las bondades del ballet-karate-ajedrez-basket-cerámica, virtudes que, por supuesto, de acuerdo a la publicidad con la que se bombardea a los padres de familia, se multiplican cuanto menor sea la edad de iniciación en la disciplina.

Y es que ¿quién no quiere tener un pequeño que destaque en las bellas artes, en el deporte o en la ciencia? ¿Quién no quiere regodearse sabiendo que trajo al mundo a la más bella de las princesas (así las llamamos, ignorando que carecemos de algún reino para heredarles), o al más hábil de los cracks de la liga de futbol de las escuelas? Y los traemos cautivos asegurándonos de que cumplan la condena de aliviar nuestras propias frustraciones. Si la emisión Dance moms tocaba ya los límites de lo aceptable en lo que a derechos de la infancia se refiere, la misma cadena trae ahora a la luz Asia: Pasos de una estrella un reality que muestra el proceso para popularizar las extraordinarias habilidades de baile y canto de una pequeña de nueve años.

Las escenas no reflejan sino un infierno tal que, un capítulo debería de bastar para cancelar la serie y retirar a los padres la patria potestad. Sin embargo, creo que está más cerca de volverse un paradigma para muchas familias, que de generar alguna demanda por abuso infantil.

A la condena de las extracurriculares hay que sumarle el rol preponderante que la tecnología ha tomado en sus vidas: hay bebés más interesados en ver el mundo a través de un Ipad que en disfrutar de la visita a un zoológico, y preescolares que ya conocen su ángulo y pose ideal para cuando los invitan a ser parte de una selfie. Muchas de las interacciones entre los adolescentes y sus padres tienen hoy como tema los memes o videos que están saturando las redes.

Hiperestimulados por las extracurriculares y las herramientas tecnológicas, están además confrontados a una escala de valores en el que la belleza física, aunada a la sexualidad que no conoce barreras de edad son preponderantes, y se ven compelidos a emular iconos incompatibles con sus rasgos o nivel de madurez. Nuestra generación fue quizá la última que vio en la hermosura una condición extraordinaria (para la que incluso acuñamos el término top model). A partir de allí, las siluetas esculturales y los rostros eternamente jóvenes no son la excepción sino una regla que les hemos enseñado a nuestros hijos (con palabras y con actos) que estamos obligados a cumplir.

¿En qué se van a convertir los niños que han vivido para complacer a un padre, un coach, un maestro o un público?

¿Cómo procesará esta generación las esclavitudes a las que los hemos sometidos por acción u omisión?


Politóloga* miriamhd4@yahoo.com

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