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Lunes , 24.09.2018 / 02:47 Hoy

Columna de Miguel Zárate Hernández

A México lo salvan los mexicanos

Miguel Zárate Hernández

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Imaginemos cómo en el México de 1985 se afrontó al terremoto más devastador sufrido, incluso hasta ahora, en la ciudad de México. Sin celulares, sin teléfonos (se cayó la torre principal), sin internet ni cámaras digitales y con apenas incipientes sistemas alternos de comunicación. Aún se rememora el terrible relato de los hechos que hacía Jacobo Zabludovsky desde el teléfono de su automóvil. Sin embargo, y a pesar de una increíble lentitud en la respuesta oficial de esa época, el ciudadano común actuó movido en forma casi instintiva como la fuerza más vigorosa y contundente: la solidaridad social. Fueron en aquel caso diez mil los fallecidos, pero también diez veces o más los que se transformaron, se lanzaron en busca y auxilio de los caídos, de los desaparecidos, de la frenética lucha contra el tiempo para rescatar vidas. A más de treinta años, en una de las más irónicas coincidencias de la historia, también un 19 de septiembre, la misma ciudad, quizá una generación diferente, pero los mismos moradores, hicieron lo mismo: unirse en enormes legiones de salvadores anónimos.

A pesar de la magnitud de la tragedia presente, ni duda cabe que México aprendió mucho de aquel suceso. Con un sismo de características muy parecidas, el número de fatalidades y de destrucción resultó bastante menor. Y es que el terremoto del 85 pasó a ser un parteaguas para la capital y para el país, aunque, lamentablemente, no todas las lecciones fueron aprendidas, pues hay muchos errores cometidos y que se irán reflejando al paso de los días, las semanas y los meses, mostrarán que en casos no todo fue producto de una naturaleza violenta sino de fallas humanas y, sobre todo, de imprevisiones y fallas culposas en la construcción de edificios. Apenas se aleja el foco de lo sucedido en la escuela Rébsamen y ya empiezan a surgir cuestionamientos, graves aparentemente, sobre su edificación y, no menos importante, el otorgamiento de los permisos correspondientes. Algunos “mares de fondo”, tal vez apenas asoman y se hace impostergable una revisión y ejecución de regulaciones actualizadas en la materia.

No hay duda de que, como todo en la vida, los golpes enseñan, pero lo importante es que la experiencia no se vaya diluyendo. El presidente Miguel de la Madrid, a quien se señaló por tardanza en la emergencia, buscó un plan de reconstrucción que costó buena parte del PIB nacional, lo que de paso agravó más al país por las intermitentes crisis económicas y devaluaciones. El temor y un proyecto un tanto fallido de “desconcentrar” el gobierno hacia distintas entidades del país, provocó en su momento que en estados como Jalisco no fueran tan bien recibidas las migraciones provocadas por el terremoto. Claro que los recursos técnicos y materiales, la organización de la protección civil y la aplicación de nuevas normas especialmente en la construcción, han hecho más fluido el apoyo gubernamental ante los últimos siniestros. Pero, con todo y ello, nada produce mayor enojo público que cualquier lucimiento personal así como lucrar con la desgracia ajena.

La sensibilidad en todos está a flor de piel. No es tolerable ya, ante tan inconmensurables necesidades por la tragedia, que persistan el despilfarro y el desorden, o la corrupción en el manejo de fondos públicos. Por este motivo la necesidad primordial inmediata a los rescates será, desde luego, la disponibilidad de fondos para la atención a la población -cuantificada ya en millones-, que ha resultado damnificada. Y es aquí donde podría darse un verdadero milagro. Digo, si la voluntad política es realmente sincera.

Recientemente causó escozor el otorgamiento de fondos para las campañas políticas del año venidero. Hoy los partidos dicen estar en vías de renunciar en diferente proporción a esos recursos (el otro factor de gasto es el desmesurado otorgado para el INE, pero éste no ha dicho esta boca es mía). Se han pronunciado los líderes si se quiere con fines proselitistas, pero lo hacen. Pero quien debe dar el ejemplo de la austeridad que exige el momento es el Congreso de la Unión y también los congresos locales, para definir responsablemente los próximos presupuestos. Los organismos políticos lo han mencionado y la población también reclama el destierro de los gastos superfluos y excesivos de todo el aparato público. Es, a la vista de todos, insoportable hacer permisivos los abusos, los enriquecimientos ilícitos, la corrupción por supuesto.

Los sismos cimbran la tierra, pero también pueden mover conciencias. La desgracia sufrida ha de despertar ese espíritu que vimos en cada ciudadano que se enfundó un pañuelo en el rostro y a mano limpia buscó retirar los escombros. México recibió el respaldo moral y hasta económico de muchas naciones que vieron, por fin, la cara más limpia del país, no la de sus rémoras delictivas ni la de los atracadores del dinero público. Esa cara es, en suma, el más esperanzador perfil de un futuro mejor. En el 85, consideran algunos, se abrió camino la moderna sociedad mexicana; tres décadas después, se abren otros horizontes cuando se entiende que lo único que puede salvar a México somos todos los mexicanos.

miguel.zarateh@hotmail.com

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Twitter: MiguelZarate_12

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