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Lunes , 20.08.2018 / 08:36 Hoy

Columna de Miguel Zárate Hernández

2017-09-10

Miguel Zárate Hernández

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Quiérase que no, los sismos desatados al filo de la medianoche del jueves pasado, iniciando por “el más grande del último siglo”, traen a la memoria momentos dramáticos de México de los que, lamentablemente, se sacan a cuentagotas frutos de la experiencia, aunque, como pasó en la Ciudad de México, algunas medidas sin duda han dado resultado. Nos explican los especialistas que la devastación no se hizo presente en la capital como en aquel fatídico 19 de septiembre de 1985, por la distancia del epicentro y a pesar de que la magnitud fue incluso mayor. Cierto, pero habría que considerar lo que a simple vista observamos: medidas preventivas más eficaces (alarma sísmica, por ejemplo), mayor preocupación por construcciones reforzadas -normas que consideran factores de riesgo dependiendo la zona- y, sobre todo, conciencia y actitud de la población, evidentemente más preparada para afrontar estos sucesos.

Sin embargo, en Jalisco dicha conciencia y prevención parecen casi inexistentes. Y eso que se han dado casos, algunos bastante frecuentes, que nos recuerdan de vez en vez que nuestro estado es tan susceptible a sufrir esos fenómenos de la naturaleza como en el centro o sur del país. Ahora que se habla del temblor más grande sufrido en cien años, antes de ello ¿recuerda alguien cuál fue el precedente en importancia? Pues precisamente el terremoto el de 1932, que llegó a los 8.2 grados Richter y que precisamente aconteció entre Colima y Jalisco. Claro, el pánico y la destrucción causados se encuentran sólo en relatos de aquella época.

Para los jaliscienses el dolor provocado por un sismo también se tiene presente en el de 1985. Los daños gigantescos en el entonces Distrito Federal en cierta forma restaron interés nacional a los sufridos en el sur de nuestra entidad. Pero no fueron pequeños. Ciudad Guzmán y algunos otros poblados sufrieron daños y muertes estimadas en unas cincuenta (casi como las del reciente sismo) y fueron miles los damnificados. Zapotlán se recuperó de todo ello, pero ahora se preocupa porque de ese tiempo a la fecha simplemente ha aumentado al doble su población. Aquí, el 11 de mayo del año pasado se sintió un terremoto de 4.8 grados que tuvo por centro a Tesistán y que al menos despertó alertas sobre el hecho innegable de que la zona metropolitana de Guadalajara se ubica en una región de alta sismicidad. Un documentado artículo publicado en Milenio (13 de mayo de 2016), explica que, además, hay que considerar un pronóstico nada favorable ante estos fenómenos si se toman en cuenta el crecimiento caótico y desordenado de la ciudad, los “rellenos” de barrancas y suelos inestables en que se fincan fraccionamientos enteros y, lo más grave, la ausencia de normas efectivas que, principalmente, hagan hincapié en las construcciones y su resistencia a un eventual colapso, especialmente las verticales. Se ha señalado que Guadalajara, en general, no está preparada para sufrir sismos mayores a los 5 grados. De este tamaño es el problema.

Se cuenta con un Atlas de Riesgos en el Estado que data del 2012 y en el que se consignan datos técnicos fundamentales para entender la situación que, sin aparente preocupación, pende sobre los tapatíos y demás habitantes de la zona. En realidad, la metrópoli jalisciense se encuentra asentada en fallas continentales activas, como la de Rivera y la llamada Americana, además de otras más particulares como la de la barranca del río Santiago. En 2015, se recordará, un temblor de 4.1 grados tuvo su epicentro en Tequila. Esto, además de los efectos posibles de sismos provenientes de áreas un poco más alejadas. Simplemente el acontecido en Colima en 1995 y que llegó a los 8.1 grados.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que, al menos en las zonas más tradicionales de Guadalajara, las edificaciones de todo tipo datan en su mayoría del periodo entre los cuarentas y los noventas que, en lo general, se encuentran ya fuera de toda normatividad requerida para darlas por seguras ante un temblor relativamente fuerte. Los estudios geológicos a profundidad también datan de hace casi veinte años, de manera que esto da idea de que un auténtico Atlas de Riesgos actualizado ha de llevarse a cabo con un trabajo intenso y por demás urgente. De suyo estaba entre los propósitos del anterior titular de IMEPLAN, Ricardo Gutiérrez Padilla. Hoy día tema que seguro retomará el nuevo director, el maestro Mario Silva, aunque llama la atención cuando ahora se llegan a perder apoyos como el millón de dólares de ciudades resilientes y que se canceló por la falta de nombramiento de un “gerente”.

Elena Poniatowska señalaba en el vigésimo aniversario de los sismos del 85 que la sociedad civil prácticamente como tal había nacido en ese momento y desde entonces se pregunta ¿quién cuida a los mexicanos?, sobre todo si el gobierno no se encuentra a la altura. Ir en busca de la “nota”, como hacen los más altos funcionarios cuando suceden tragedias no lo es todo, no puede serlo. En Jalisco es hora de sacudir la modorra y pensar en planes mínimos, pero efectivos, actualizar reglamentos de construcción, reforzar fincas antiguas, crear la “red sísmica”, incluidas las alarmas al menos en zonas de alta densidad poblacional y, sobre todo, educar, crear conciencia y una cultura de prevención, a nivel familiar y social, capaz de aprovechar la experiencia y no sólo lamentarnos y guardar lutos por ella. De otra forma estamos indefensos, inermes.

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