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Columna de Miguel Bazdresch Parada

Violencia, violencias

Miguel Bazdresch Parada

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Dos de cada tres mujeres en México sufren alguna forma de violencia, según la indagación nacional del INEGI, dada a conocer en los días recientes. Jalisco está entre las entidades de mayor violencia. Esa violencia es impuesta por hombres en un altísimo porcentaje, cercano al cien. Datos nada presumibles.

¿Qué tienen la mujeres, diferente a los hombres, para ser objeto principal de violencia? ¿Se les supone débiles y capaces de soportar ignominia sin chistar? ¿Suscitan enojos por su capacidad y sensibilidad de identificar las debilidades de los hombres? ¿Los hombres estamos construidos con incapacidad genética de aceptar la igualdad de las mujeres? La historia, las historias, la vida cotidiana y sus narrativas muestran y demuestran una y otra vez la fortaleza de las mujeres, nada débiles, nada desiguales. Sin duda su sensibilidad es, en general, mucho mayor que la masculina. Y sí, a veces puede resultar molesta cuando nos confrontan. Los hombres no tenemos superioridad genética; ellas tampoco. Sí tenemos diferencias y eso no nos desiguala o nos da más o menos valor.

La violencia es una forma abyecta de renunciar a la razón y lo razonable. Si no tengo razones, grito, golpeo, suprimo, me río, ironizo y descalifico. Si acostumbro no usar esas partes cerebrales que me permiten pensar antes de hablar o atacar, violento a los demás. Si las burlas, la descalificación, el cinismo y la fuerza son o han sido mis acompañantes cotidianos, nunca voy a pensar, por mi mismo, en los efectos negativos de sus usos.

Las violencias se oponen a los cuidados. Los límites necesarios para convivir (normas, reglas, costumbres escolares o caseras, por ejemplo) suscitan violencias si no dispongo de experiencia en cuidar y cultivar mi vida socioemocional. Si no conozco qué me enoja, molesta o enfurece, cuando sucede pierdo la dimensión de lo otro y los otros. Y si, además, el ejercicio de la violencia me ha dado satisfacción porque me da el control sobre de otros o me permite logros, nunca voy a dejar de cultivarla. La consecuencia es la ruptura del tejido social, el modo de mantenernos relacionados con iguales.

Las múltiples violencias reportadas por el INEGI nos exigen iniciar el proceso de sanación y restauración, largo y pesaroso, de lo que le nos da sentido a vivir en una sociedad y en un mundo de relaciones múltiples y enriquecedoras.

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