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Sábado , 22.09.2018 / 03:27 Hoy

Columna de Miguel Bazdresch Parada

Violencia es ¿la palabra?

Miguel Bazdresch Parada

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Violencia es la palabra. Cuando una palabra se apodera del significado común provoca confusión. Los colores del “cristal con que se mira” se unifican en uno solo y los matices, las diferencias, la diversidad sufren y desaparecen. Por ejemplo, la violencia de hoy sólo tiene un referente: El Estado. Lo que puede o no. La estrategia eficaz o no. La capacidad de… o no. El discurso convincente o no. ¿Dónde quedaron los demás componentes? Por unos días, ya largos, sociedad, ciudadanos, criminales, los mercados, los investigadores, los partidos, los ricos, los pobres… hemos sido borrados de la narrativa.

La violencia es una ola; nos inunda. La violencia es el odio. La violencia es inaceptable… intolerable… imposible… desgarradora. Una interminable lista de metáforas para darle vida a algo de cuya índole no queremos saber mucho. ¿Nos asusta? ¿Nos enoja? O no nos atrevemos.

Algunos si se atreven. Elena Azaola, investigadora del CIESAS, publicó en la revista Nexos de marzo 2017 una compilación de un puñado de historias de adolescentes encarcelados por haber cometido algún delito grave. Es un texto a leer. Van unas chispas. Azaola documentó con detalle historias de 631 hombres y 99 mujeres adolescentes privados de su libertad en 17 estados de la República. Representó en su momento la quinta parte del total de adolescentes encarcelados en el país. “Podemos decir, escribe, que una buena parte (…) atravesaron por experiencias difíciles y dolorosas que les han producido daños importantes, mismos que ellos han replicado en los demás”.

Un dato: “89% de las y los adolescentes había trabajado antes de ser privados de su libertad, siempre en condiciones precarias y con bajos salarios (jornaleros, vendedores de frutas, tacos, pizzas, (…) repartidores, cargadores, cerillos o ayudantes de albañil, mecánicos… etcétera.” En la próxima pizza que compremos, preguntemos el nombre al repartidor. Al menos.

Izaola nos comparte unos extractos de las historias que le narraron. Va uno: “secuestramos a una mujer y cuando íbamos a cobrar el rescate nos agarraron a los cuatro. Yo cuidaba a la señora… le daba de comer, la llevaba al baño… no lo hice por dinero sino porque quería que este grupo me ayudara a vengarme del tío que había abusado de mí”.

Leamos, al menos, a Izaola y a la centena de colegas que desentrañan la violencia. ¿O no nos atrevemos?

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