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Columna de Miguel Bazdresch Parada

Cosas grandes y cosas chicas

Miguel Bazdresch Parada

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Pasa el tsunami electoral y sus secuelas. Aparece como tsunami poco agresivo y con pocos daños colaterales por el momento. Claro, falta revisar los lugares y temas aun no observados. En todo caso la narrativa con la cual se instala el suceso se esfuerza en resaltar y mantener el mensaje de cambio, de cumplimiento de promesas en lo que ha de venir, y de transición pacífica. Poco a poco vendrá la calma después de la tensión y veremos cuál tono y mensaje comunica la nueva narrativa.

El nuevo gobierno enfrenta retos de gran envergadura y otros más pequeños. Ambos son difíciles de encarar pues instalar nuevas dinámicas y narrativas en las cuestiones públicas enfrenta a costumbres, hábitos y creencias cuyo fundamento está en la cultura y en el contexto en el que estamos inmersos. Por ejemplo, el precio de la gasolina es un gran asunto. Modificarlo o modificar el procedimiento de cómo se fija toca un amplio conjunto de decisiones. El discurso ha generado la expectativa de un rápida “congelación” del precio actual. Los efectos de tal medida son muchos y complejos, más allá del previsible aplauso de una mayoría. Basta pensar en los nuevos concesionarios de gasolineras para darnos cuenta de la magnitud de la dificultad. Aun no se acaban de instalar y ya les cambiaron las reglas.

También la cuestión de la seguridad y la ya anunciada intención de una ley de amnistía “no a delincuentes” y sí a personas que viven en ese entorno y, sin participación directa en ilícitos, que pueden ser consideradas con responsabilidad en la legislación actual. Bien porque tomen consulta con las víctimas; complejo por los enormes efectos de tal medida, más allá de la simpatía que pueda causar. Basta pensar en el ánimo de las fuerzas del orden dedicadas al combate del crimen organizado: ¿Los muertos de ese sector no son víctimas por considerar?

Salario mínimo remunerador. Será fácil decretarlo. El gobierno controla la Comisión que decide ese tema y los organismos empresariales, al menos la mayoría, están de acuerdo. Bien. Y ¿ya pensaron en los millones de trabajadores del sector informal? Los decretos no cambian la realidad. Pretenden controlarla con base en el poder de imposición del gobierno. La informalidad es una costumbre instalada y legitimada. Es un dolor de cabeza. Sí. Cosas grandes y pequeñas. Veremos la calidad de la “nueva” gestión pública.



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