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En frecuencia

El yugo criminal

Miguel Ángel Puértolas

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Bien dicen que quien no conoce la historia está condenado a repetirla, para mala fortuna de nuestro país no solo muchas veces no conocemos la historia, sino resulta que la olvidamos, somos de memoria corta y es ahí donde los medios impresos jugamos un papel importante, ¿por qué? Por la simple y sencilla razón de que se trata de un documento tangible que perdura, de consulta continua que permite no olvidarnos de nuestra historia de lo que vivimos día con día.

La investigación realizada por el Colegio de México, El Yugo Zeta, presentada en días pasados, es un documento de consulta imprescindible en el que se retrata una de las más crudas realidades del país derivada de los más altos niveles de corrupción e impunidad, refleja claramente, como lo hemos dicho aquí, que corrupción e impunidad es la mezcla perfecta para empoderar a los criminales.

Pero además es una muestra de cómo están desligados los eslabones que deberían conjugarse para garantizar acceso a la justicia de las víctimas. El Yugo Zeta narra cómo un grupo del crimen organizado se adueña de un Centro de Readaptación Social, el del municipio de Piedras Negras en el norte del estado de Coahuila, zona en la que el cártel operaba y tenía sentados sus reales.

Habrá de recordar que este año en MILENIO le presentamos la historia de cómo un jefe del autogobierno del penal de Puente Grande en Jalisco, hacía fiestas a lo grande, bajo la complacencia, complicidad o amedrentamiento de las autoridades penitenciarias, pues este hecho palidece a un lado de lo que ocurría en Piedras Negras.

El jefe de la cárcel (puesto por los zetas) estaba por encima de las autoridades penitenciarias, en esta cárcel igual se traficaba droga, se maquilaban productos para dotar de equipo a sicarios, se modificaban vehículos para transporte de droga y se ejecutaba a deudores, vendedores de cárteles distintos o enemigos de los zetas, a quienes con toda impunidad se les desaparecía "cocinándolos" en diesel.

Se dice en el documento que un campo de concentración Nazi tenía muchas similitudes con lo que ahí sucedía. El dominio de este grupo criminal era tal, que se tiene sospecha que no solo operaba en cárceles de Coahuila sino también de Nuevo León y Tamaulipas, prueba de ello son la serie de hechos violentos que se vivieron en centros penitenciarios de estas entidades del noreste del país que dejaron varias decenas de muertos.

Si bien es cierto, los hechos narrados ocurrieron a principios de la década nos dan una clara idea de cuáles son los niveles que puede alcanzar la corrupción en el país. Es importante que esto se sepa, pues en algunos casos parece que la complacencia de las autoridades solo denota un estado sumiso a los criminales y nos deja el mensaje de por qué no podemos acotar al crimen organizado, pues acabar con él sería como intentar acabar con la maldad en la humanidad y eso es imposible.

Si hay margen de operación para que un grupo criminal convierta una cárcel en un centro de ejecuciones, burdel y guarida para delincuentes, solo tiene explicación en la corrupción e impunidad, no creo que el Cereso de Piedras Negras sea un caso aislado, no creo que haya sido el último, y no lo será mientras no acabemos con esos lastres que son los mismos que impiden que el país avance en materia de seguridad.

miguel.puertolas@milenio.com

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