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Jueves , 21.06.2018 / 14:06 Hoy

En frecuencia

Déjà vu tricolor

Miguel Ángel Puértolas

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Pasaron 23 años para que México reviviera uno de los momentos políticos clásicos en el Partido Revolucionario Institucional, la designación del sucesor desde Los Pinos, el destape del tapado, la máxima expresión del presidencialismo de antaño.

El último candidato de unidad del PRI salido del gabinete presidencial que no tuvo que enfrentar una elección interna y solo ser designado desde el poder fue Ernesto Zedillo Ponce de León, sucesor del asesinado Luis Donaldo Colosio Murrieta, quien también pasó por el mismo proceso y recibió la unción del entonces presidente de México, Carlos Salinas de Gortari.

Un rito que sexenio tras sexenio venía repitiéndose desde la fundación del Partido Nacional Revolucionario y que llevara al escritor peruano Mario Vargas Llosa a calificar al sistema político mexicano como la dictadura perfecta, en la que no un hombre se quedaba en el poder sino un partido político que daba cobijo a la clase política mexicana.

Una tradición que abría la esperanza a más de uno, pero que dejaba en el suelo a los no agraciados por la voluntad del presidente en turno, más sin embargo una característica de los priistas, que ayer vimos de nuevo es el de la disciplina, no cuestionar y no rebelarse sino más bien allanarse a los designios del titular del ejecutivo, el primer priista del país.

Al PRI le quedó claro que eso de las contiendas internas no le va, clara muestra fue cuando el entonces presidente de México, Ernesto Zedillo, decidió marcar la sana distancia con su partido, y el PRI se abrió a una contienda interna en la que participaron, Francisco Labastida Ochoa, Roberto Madrazo Pintado, Humberto Roque Villanueva y Manuel Bartlett Díaz.

Del proceso priista salió el último aspirante de la dinastía con 70 años en el poder, Francisco Labastida, quien perdió estrepitosamente con el guanajuatense Vicente Fox Quesada, quien bajo las siglas del PAN llegó a Los Pinos, rompiendo con la hegemonía del PRI en la Presidencia.

Dos décadas y tres años después vemos la misma película, priistas con aspiraciones disciplinados, la entrega al candidato oficial por parte de los sectores del tricolor, quienes pese a que desconocían de antemano su postulación aseguraron que ya lo esperaban como candidato, difícilmente otro aspirante logrará el apoyo requerido para buscar la nominación priista.

Sólo algunas diferencias habrá que señalar, Meade no es priista de cepa como los herederos del presidencialismo, solo se ha declarado simpatizante del tricolor, Meade, a diferencia de Zedillo y sus antecesores, se enfrenta a un desprestigio histórico de la clase política y un desánimo marcado hacia los procesos electorales, se enfrenta a un país donde los procesos democráticos ya no son totalmente operados desde el poder y se enfrenta a un panorama en el que la competencia electoral puede dar la vuelta al destino en cualquier momento.

A 23 años de distancia, los mexicanos vivimos un déjà vu, al menos al interior del tricolor, ahora habrá que ver si Pepe Meade como seguro se le nombrará en campaña puede con la lápida que representa el priismo tradicional y despojarse del desprestigio de la clase política de nuestro país.

miguel.puertolas@milenio.com

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