En la era Trump la realidad supera a la ficción cotidianamente, obligando al cine y la televisión a repensar cómo abordar un clima político que se autoparodia y les rebasa en crudeza. Cuando Sicario: Día del Soldado fue escrita, en la frontera entre México y Estados Unidos no existía aun la política de tolerancia cero en inmigración que separó a más de dos mil niños de sus familias. Después de esto, no hay pesadilla que parezca insólita. Ni siquiera una en la que el narco mexicano cruza ilegalmente a yihadistas a Estados Unidos para continuar con sus objetivos terroristas. Ésta es la premisa de la secuela de Sicario, cuya mitad del equipo original de talento y creadores aspira a volverla franquicia.
Conectada con la excelente Sicario (2015), de Denis Villeneuve, solo a través de personajes y geografía, en vez de tener continuidad narrativa, Día del Soldado comienza mostrándonos cómo la policía migratoria norteamericana detecta a musulmanes entre los indocumentados de su frontera sur. Atribuyendo esto a los cárteles mexicanos, el gobierno encomienda a Matt Graver (Josh Brolin) una misión para desestabilizar al narco mexicano. Para esto, Graver se reencontrará con su amigo Alejandro Gillick (Benicio del Toro), el ex-abogado cuya familia fue asesinada por el crimen organizado y ahora ejerce su propia política antinarco.
No contar esta vez con elementos que hicieron a la primera parte un triunfo cinematográfico (la realización de Villeneuve, la actuación de Emily Blunt, la cinematografía de Roger Deakins) es definitivamente una desventaja. Pero esta secuela no baja la guardia. Sin tener los alcances cardiacos de la dirección de Denis Villeneuve, su acción es consistente desde el primer minuto, evitando por completo tiempos muertos. Fusiona western, cine bélico, cine de autor, blockbuster y parte de su efectividad se debe a su director, el recién llegado a Hollywood Stefano Sollima. No diría que su estilo destaca por completo, aunque tiene algo sutilmente distinto que nos hace mirar con interés la trillada carga de imágenes violentas de este tipo de cine. Día del Soldado conserva cierta visión artística gracias al guión de Taylor Sheridan, salvajemente imaginativo al plantear un infierno geopolítico en el que cárteles mexicanos y terroristas de medio oriente coexisten. El punto más débil de la cinta también radica en la labor de Sheridan, pues no elabora ni lleva suficientemente lejos la torcida premisa que lanza.
Sicario: Día del Soldado es un fenómeno singular que valdría apreciar en términos de industria. Su primera parte fue “cine de arte” producido de forma independiente; hizo buen dinero, mas no la cantidad de dinero que emociona a los estudios. Concursó en Cannes, arrasó con la crítica y fue nominada a tres premios Oscar en categorías técnicas. Fue además un guión original, de los que ya casi no se producen. Por más admirables que estos logros puedan sonar, para estándares de Hollywood, ninguno es, ni remotamente, potencial para levantar una franquicia. Sus productores han desobedecido las normas del cine americano comercial y van a convertirla en una serie de películas. ¿Estamos frente a la primera anti-franquicia?
twitter.com/amaxnopoder