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Bambi vs. Godzilla

"Paterson": el poema de Jim Jarmusch

Maximiliano Torres

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Nadie que conozca la filmografía de Jim Jarmusch pensará en Paterson, su más reciente película, como un trabajo radicalmente distinto. Todas las características del cineasta norteamericano menos norteamericano están presentes en ella: su entendimiento puro e inocente del mundo, su énfasis en el ritmo y la estructura, su minimalismo narrativo. A la vez, el hecho de que su protagonista sea un chofer de autobús que escribe poesía en los ordinarios rumbos de una ciudad de Nueva Jersey, se siente como respuesta a las preferencias temáticas del cine comercial e incluso del cine de arte, en donde solo se celebra a las exploraciones épicas y/o densas de la condición humana.

En el cine, generalmente, la poesía está implícita, es accidental o espontánea. Rara vez es el tema central de una historia.

Paterson (Adam Driver) es un conductor de autobús en la ciudad de Paterson, Nueva Jersey. Todos los días, se consagra a una rutina sencilla: conduce su ruta, observa la ciudad, escucha fragmentos de conversaciones entre pasajeros, regresa a casa, saca a caminar a su perro, se detiene en un bar, bebe exactamente una cerveza y regresa a casa con su esposa, Laura (Golshifteh Farahani). En esta sucesión de tareas y pasatiempos aprenderemos detalles de su personalidad, su matrimonio y su comunidad.

Centrado en detalles sutiles, más que en eventos definitivos –como ya es su costumbre– Jarmusch nos hace reconsiderar la monotonía y lo cotidiano como fuerzas no del todo adversas para la creatividad. La gran característica de Paterson (el personaje, la ciudad y la película) es la clase de sensibilidad con que nos permite ver el mundo a través de su protagonista. No es con el optimismo contagioso de alguien que encuentra la felicidad en las pequeñas cosas, no es con la desilusión o apatía de alguien a quien no le gusta su trabajo. Es un punto medio, y no cualquier punto medio. En la delicada actuación de Adam Driver –quien aquí respira y se despeja de los personajes binarios en los que Hollywood lo tiene limitado– podemos apreciar una dignidad casi metafísica de la vida cotidiana. Verlo me recordó a un pasaje de El Rey Pálido, de David Foster Wallace: “El heroísmo verdadero no recibe ninguna ovación y no entretiene a nadie. El verdadero heroísmo son los minutos, las horas, las semanas y los años enteros de ejercer la probidad y la meticulosidad en silencio; con precisión y sensatez. Sin nadie que los vea ni les aplauda. Así es el mundo”.

En el trabajo físico y ordinario de Paterson, en su mérito terrenal y la capacidad de conciliarlo con su interés por la poesía, Jarmusch desecha la típica visión romántica del artista. Contundente desde las primeras escenas, su mensaje de integridad humana no se vuelve repetitivo, ya que la trama está llena de claves abiertas a la interpretación: como la manía de su esposa, Laura, por los patrones blanco y negro, la aparición de personajes gemelos a lo largo de la historia o el significado de varios objetos.

Las virtudes y cualidades de este director nunca habían producido una cinta tan accesible, universal y reconfortante.

twitter.com/amaxnopoder

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