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Martes , 20.11.2018 / 09:54 Hoy

Bambi vs. Godzilla

La rebelión de los actores estereotipados

Maximiliano Torres

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Captar nuestra atención desde el primer minuto no es especialidad del cine mexicano y Sebastián Hofmann lo consigue en el arranque de su segunda película Tiempo Compartido.

En un lúgubre cuarto de máquinas, momentos antes de salir a animar una actividad para un grupo de turistas, el empleado de un complejo hotelero es consolado por su esposa. Ambos parecen haber sufrido una pérdida irreparable. Reconfortado por su mujer, el hombre sale a una extensa área verde a dar el silbatazo de inicio de una carrera de sacos. A media competencia, este réferi recae en un colapso nervioso. Aferrado a soplar el silbato a manera de catarsis, el hombre es retirado en brazos del personal del hotel. Esta imborrable secuencia es el augurio de la pesadilla que vivirán los huéspedes de Everfields International, una corporación multinacional que vende tiempos compartidos a familias en México. Algo extraño e innombrable hay detrás de la misteriosa hospitalidad de los empleados de este destino turístico. En sus piscinas nítidas, su perfecta jardinería e interiores simétricos yace un plan para alterar la vida de sus huéspedes. El primero en intuirlo será Pedro (Luis Gerardo Méndez), un padre de familia que, cinco años después del incidente con el que abre la película, llega al resort solo para enterarse de que la sobreventa de cuartos lo obligará a compartir su bungalo con otro matrimonio e hijos. La presencia forzada de estos vacacionistas va sacando lo peor de él. Incompatible con Abel (Andrés Almeida), el padre de la segunda familia, Pedro irá proyectando ansiedades y paranoias, convirtiéndose en el único escéptico de este paraíso malicioso. Descubrir el secreto del emporio hotelero le costará sus vacaciones y su salud mental.

Comentario satírico sobre la ambición corporativa y las tácticas de venta,Tiempo Compartido oscila entre el terror y la comedia negra sin conseguir propiamente sustos o carcajadas. No es que falle en hacernos reír o temer; más bien no pretende llevarnos a uno u otro extremo. En ese medio camino, Hofmann nos mantiene expectantes, admirando su dominio de la puesta en cámara en la que lo mismo hay belleza que desconcierto. Estilista consumado, el realizador deja muy claro que la atmósfera y el tono son su lenguaje, dando menos importancia a la estructura dramática. Es a través de lo sensorial, con ciertos guiños dramáticos y situaciones más contemplativas que reactivas que vamos viendo el liderazgo familiar de Pedro trastornarse y las vidas privadas de los empleados nos sugieren que prácticamente forman parte de un culto. Si bien el estilo cinematográfico del director es contundente, su impecable manejo de la forma no logra un clímax inquietante que compense la falta de desarrollo dramático. Nos queda a deber. Poco, pero nos queda a deber.

El acierto ejemplar de Tiempo Compartido viene de donde menos se espera. Tratándose de un cineasta tan interesado en la construcción formal (absorto en encuadres, tomas, paletas de colores y diseño sonoro) Hofmann asume un riesgo poco visto en directores con esta inclinación: la elección de actores estereotipados a los que ofrece roles de ruptura en sus carreras. El eterno soltero de clase alta, Luis Gerardo Méndez, tiene su revancha actoral haciendo aquí a un padre de familia de clase media; Miguel Rodarte (narcohéroe y heredero de Mauricio Garcés) se reinventa como un padre con insuperable trauma emocional, Montserrat Marañón se desprende de su etiqueta de actriz de telenovelas como la ejecutiva de ventas dispuesta a cumplir las siniestras metas de la empresa. Incluso Casandra Ciangherotti toma vacaciones de sus roles de manic pixie dremgirl

Lograda estética, logrado estilo, pero en el fondo el autor de esta cinta se luce como director de actores.


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