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Sábado , 21.07.2018 / 12:27 Hoy

En "La forma del agua", Guillermo del Toro nos deja sin habla

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Ya sea que decidamos abordarla con la mente o con el corazón, La forma del agua, de Guillermo del Toro, es admirable. Como historia de amor es atemporal y universal. Como comentario social exalta temas que hoy más que antes nos preocupan: acoso, desigualdad, discriminación, abuso de poder.

Inolvidable desde su primera secuencia (una mujer flotando dormida en una recámara bajo el agua, que va regresando a la superficie de su cama hasta que el despertador la saca del sueño) y puesta en marcha por uno de esos voz en off insuperables en elocuencia que solo Del Toro sabe escribir, la cinta se sitúa en la década de los sesenta e introduce a Elisa Esposito (Sally Hawkins), mujer muda y empleada de limpieza en una base militar en la que el gobierno de EU realiza pruebas secretas para competir con la Unión Soviética en la carrera por poner al primer hombre en el espacio. Durante uno de sus turnos aseando un laboratorio, Elisa descubre a un impresionante hombre anfibio recién traído de Sudamérica, al que mantienen cautivo. Es gracias a que los primeros minutos de trama nos muestran la rutina de Elisa, que podemos comprender por qué su primer encuentro con el monstruo marino, en lugar de aterrorizarla, es lo mejor que le va a pasar. En la soledad que padecen, en la forma en que son tratados por el mundo y en lo diferentes que son al resto de la gente, Elisa y la criatura se identifican. Esta afinidad la impulsa a comunicarse con él, yendo de la amistad al romance. Sentimental y físico.

Hay una razón por la cual los monstruos más célebres del cine no lograron cortejar a las mujeres en las que se fijaron. King Kong, Frankenstein o La Criatura de la Laguna Negra fueron rechazados por sus respectivos crushes, porque una pareja de monstruo y mujer simbolizaba demasiado para el clima cultural en que estas cintas fueron producidas. Rompiendo la tradición, la heroína de Del Toro no solo se siente atraída por el hombre anfibio casi a primera vista; toma la iniciativa de procurarlo. Este idilio entre diferentes especies no escandaliza. Por el contrario: ha sido ampliamente celebrado por crítica y audiencia, ya sea porque es apto para la apertura de nuestra época y explosivo para el puritanismo de nuestra época. Y porque su director es un narrador excepcional.

En el guión, escrito por Del Toro y Vanessa Taylor, la familiaridad está por donde miremos. El curso de la historia, las decisiones de los personajes, incluso su apariencia física recuerdan otras aventuras fílmicas o bordean el cliché. Estos parecidos son tan declarados que quizá son intencionales. Si el hombre anfibio refiere directamente a La Criatura de la Laguna Negra, si Elisa y Giles, su vecino pintor evocan a Amelie Poulin y su vecino pintor, no se debe a que el creador de universos tan únicos como Cronos, Hellboy o El Laberinto del Fauno se haya quedado sin imaginación de la noche a la mañana. Quizá quiere jugar con estos parecidos. Subvertirlos para otro efecto. Su audacia es tal que mientras complace a los vigilantes de la corrección política, dando representación a minorías raciales y sociales (una heroína con impedimento del habla, su mejor amiga afroamericana, su vecino gay), a la vez los provoca poniéndoles enfrente una relación entre humana y anfibio. Romántica y arriesgada, poética y grotesca, sutil y gráfica, noble y crítica. Sus combinaciones son acierto tras acierto.

La belleza más señalada en esta cinta es la audiovisual: fotografía, diseño de producción, banda sonora. La belleza que a mí me deslumbró es la de su precisión narrativa, que es también de un alto grado visual. Cada objeto, cada acción, cada manía de sus personajes tiene un significado, un propósito y va conduciendo a la historia a su clímax con absoluta contundencia. La forma del agua es el título de esta historia de amor. También puede referirse al incontenible y vital talento de Guillermo Del Toro.

twitter.com/amaxnopoder

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