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Bambi vs. Godzilla

El "remake" de "Suspiria": sin miedo a los clásicos

Maximiliano Torres

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Luca Guadagnino volvió a filmar la consagrada “Suspiria”, de Dario Argento y, a juzgar por el resultado, en ningún momento se sintió intimidado al adaptar el clásico del género de horror. “Remake” y “película de horror” son etiquetas a las que no hay que apegarnos demasiado para describirla. Se trata de una reinterpretación total que se rehúsa a ser descrita binariamente como buena o mala, bella o repulsiva.

En la Alemania de 1977, Susie Bannion (Dakota Johnson) es una bailarina norteamericana que llega a Berlín para audicionar en la prestigiada academia de danza que dirige Madame Blanc (uno de los tres personajes que Tilda Swinton interpreta magníficamente). Su admisión sería poco probable de no ser por la vacante dejada por una alumna que acaba de desaparecer en circunstancias extrañas. Guiada por Madame Blanc, quien queda fascinada por su talento, Susie se incorpora a los ensayos de un espectáculo próximo a presentarse. A la par, Josef Klemperer, el psicoterapeuta de la alumna desaparecida, investiga una confesión que le hizo su paciente extraviada: las maestras de la academia practican la brujería. Esta misma revelación irá dándose en Susie conforme su estancia en la escuela va tornándose pesadillesca y la responsabilidad de ser la mejor alumna le exige un sacrificio sobrenatural.

Lo último que haría un cineasta encargado de continuar el legado de un director de culto sería borrar los componentes que hicieron icónica a la obra original. De la creación de Dario Argento, en la que relato, temática y estética son patrimonio fílmico, Guadagnino no toma nada prestado. Busca la forma de ser memorable por su cuenta; con guión, dirección de arte, fotografía y música que inducen a un universo completamente distinto al patentado por Argento. En esta salvaje toma de licencias el mayor riesgo es el cambio de tono. El horror en Suspiria no es el horror práctico que reconocemos como peligro acechante, sobresaltos inesperados o el miedo a lo desconocido. Si bien contiene dos escenas maratónicas que nos darán suficiente gore para el resto del año, el efecto de sus imágenes hipnóticas es hacer que nos cubramos la boca abierta, no los ojos. Parte esencial en este cambio de tono es cómo está dirigida Dakota Johnson; su interpretación no expresa inocencia, tampoco tiene la voluntad de escapar del destino al que es llamada. La participación de Susie en su seducción demoniaca es consensuada, librándonos de la tarea de temer por ella. Ahora bien, ¿queremos ser librados de esa tarea? De nuestra respuesta depende qué tanto disfrutaremos Suspiria.

Dos cambios centrales son los que le dan su identidad radical: en la de Argento, la academia de danza impartía ballet clásico. En la de Guadagnino, la disciplina es la danza contemporánea. El reemplazo del ballet por la danza moderna abre el portal que el director necesita para implicar algo más atrevido con su versión. Luego están dos subtramas: la del psicoterapeuta Klemperer, un sobreviviente del holocausto consumido por la culpa de no haber salvado a su esposa de los nazis y, narrada a través de noticieros que se escuchan de fondo, la inestabilidad política de Alemania a finales de los setentas del siglo pasado. Son líneas argumentarles redundantes si consideramos que la dinámica al interior de la academia es ya una alegoría del fascismo que impera en el mundo.

No todo lo que intenta Luca Guadagnino en este remake es uniformemente atractivo, pero la libertad con que dirige es un espectáculo en sí.


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