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Martes , 20.11.2018 / 14:08 Hoy

Comentario y Debate

Ética: necesidad y demanda

Mauricio Valdés

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La integridad de los gobernantes es una premisa indispensable para reforzar esa “institución invisible” que, es la confianza de la ciudadanía en sus instituciones, afectada severamente por una erosión creciente, derivada de tanto escándalo, que no se resuelve ni encarcelando o persiguiendo a los presuntos culpables. Porque no sólo es el peculado, son también el dilapidar los recursos de los contribuyentes y la ineficiencia tolerada que, peor aún, desperdicia nuestros escasos recursos. 

En ese contexto, las obras y códigos éticos o de conducta deben penetrar con mayor fuerza en la sociedad, principalmente en el sector público, aunque parezca que esas nuevas tendencias tardan en llegar y mucho más en establecerse para siempre en nuestros comportamientos. Lamentablemente permanece mucha obstrucción política y no poco desconocimiento sobre el papel que cumple la integridad personal en el desarrollo de la buena gobernanza. 

Algo está cambiando, aparentemente de forma imperceptible. Un dato objetivo de ese cambio es la publicación de diversos estudios que dan a la “ética pública” el protagonismo que merece. De manera destacada, las obras de Oscar Diego Bautista, una de ellas editada el año pasado por el Instituto de Administración Pública del Estado de México, con el respaldo de la Secretaría de la Contraloría del Gobierno del Estado de México, que mucho reconozco y agradezco. La obra está agotada, aunque puede consultarse gratuitamente en el acervo digitalizado del IAPEM. 

Se comenta en diversos foros intentando interpretar el voto de hace un mes. Es parte de nuestra lucha por la democracia y contra la corrupción que tienen mucho que ver con la integridad de los gobernantes y de todos los servidores públicos, especialmente por la importancia de las personas (políticos, legisladores, directivos y funcionarios) en la situación que vive nuestro País en el contexto mundial.   

La exigencia de integridad de los gobernantes se inscribe en una tradición de rechazo a la corrupción como subversión moral e institucional inaceptable en un buen orden político. Esa necesaria integridad adquiere una importancia creciente en un contexto como el actual que se manifiesta en el cambio “de una política de programas a una política de personas”, porque los programas aún permanecen desconocidos en el detalle. 

La persona, su conducta, se sitúa en el centro de la política. Mientras, el ciudadano se queda sumido en la doctrina de las resignaciones, comprobando el tristemente célebre: “aquí no pasa nada”, porque si la campaña quedó atrás, llaman la atención algunos nombramientos para cargos del próximo gobierno que cuestionan el discurso. Los compromisos no se olvidan, aunque haya que esperar otra elección. 

 
@MauricioTexcoco

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