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Domingo , 16.12.2018 / 12:21 Hoy

Columna de Mauricio Farah Gebara

Por un México sin odios después del 1 de julio

Mauricio Farah Gebara

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México tiene formidables fortalezas y enormes dificultades.

La delincuencia se adentra con descaro en ámbitos que le eran ajenos, desde robo de cables de servicios públicos hasta el descarrilamiento y saqueo de trenes a la luz del día. Desde asaltos a fuerza de mazos para robar joyas y relojes, hasta la extracción de combustible en creciente y masivo pillaje.

La violencia rebasa límites en cantidad y crueldad y, mientras ajusta cuentas entre los suyos, asesina a policías, soldados, políticos, periodistas, mujeres, jóvenes y sacerdotes. En la inmensa mayoría de los casos, la respuesta es el lamento, la condena verbal y finalmente la impunidad.

Al mismo tiempo, México tiene una interacción productiva y dinámica con organismos internacionales y socios comerciales, cuenta con instituciones, unas consolidadas y otras en camino de serlo, y con una sociedad civil cada vez más organizada; ejerce la libertad de expresión y ve crecer la democratización de la opinión en redes sociales.

Y con dificultades, pero de manera consistente, avanza en el proceso electoral en la ruta de la democracia.

Se dice rápidamente, y hasta parecería una obviedad, pero este avanzar en el proceso electoral en la ruta de la democracia es lo que nos puede mantener unidos en tiempos tan difíciles, y con ello hacer viable el futuro.

Se trata de un equilibrio indispensable: pensar diferente y respetarnos, tener ideas encontradas sin confrontarnos, preferir una opción política y reconocer el derecho y la validez de las otras opciones.

Sobre esta capacidad de convivencia plural se cierne hoy una amenaza: la operación de estrategias para sembrar desinformación, miedo y rencor.

Pareciera que detrás de los candidatos hay quienes maniobran para generar distanciamiento, división y resentimiento.

Expresar lo que se piensa es uno de los grandes derechos que la democracia protege, en tanto que manifestarlas con ánimo descalificador o beligerante es una de las vías para socavarla. Porque la agresión divide de inmediato y hace más difícil la eventual reconciliación.

Los empresarios que en defensa de sus intereses etiquetan y desacreditan una candidatura, los simpatizantes de una u otra filiación política que al apoyar a su candidato insultan al resto, los generadores de informaciones falsas que desde el anonimato crean una realidad paralela conveniente a sus intenciones y otros más que con o sin conciencia de los efectos alientan la polarización, erosionan desde ahora lo que falta del proceso, la elección misma y, peor aún, el periodo poselectoral.

El derecho a expresar convicciones, preferencias e intereses se desvirtúa cuando el exceso de vehemencia o el dolo enrarecen el proceso con incertidumbre y odio.

Las grandes crisis políticas y sociales no se crean en un día. Son resultado, casi siempre, de periodos de incubación, en los que la inconsciencia, la perversidad, la intolerancia o la injusticia acumulan y mezclan fuerzas explosivas.

Concentrados en el proceso y en la jornada electoral, podemos perder de vista los días y meses posteriores al 1 de julio.

Es inaceptable el escenario de que gane quien gane la elección presidencial habrá desánimo o miedo. O, peor aún, división o conflicto.

Si se alienta la ruptura y se propaga la intolerancia, la posibilidad de crisis política e ingobernabilidad es alta. Ojalá pudiéramos tener la certeza de que esta previsión es un exceso.

Prevenir es pertinente, sin embargo. Porque en el caso de una manifiesta y masiva inconformidad social no habría Presidente en funciones ni electo que pudiera gobernar la transición sin altos costos.

El desencadenamiento de hechos reclamaría una enorme concentración de esfuerzos por recuperar la paz social, de lo que resultaría beneficiado el crimen común y el de las grandes bandas.

Tenemos muchos problemas, señaladamente la inseguridad, la violencia y la impunidad, como para dedicarnos a resolver una ingobernabilidad que desde ahora podemos evitar.

Los líderes políticos, empresariales y sociales pueden contribuir significativamente a esta previsión si incorporan enfáticamente a su actuación y discurso un llamado a la responsabilidad, la unidad, el diálogo y la tolerancia.

Sin pretender que la competencia electoral sea un paseo, sí podemos aspirar a campañas de altura, debatientes y contrastantes, confrontadoras de ideas y propuestas, pero lejos del odio y la gestación del encono.

Gobierno, candidatos, partidos políticos, líderes de todos los ámbitos y ciudadanos somos responsables de lo que suceda. Cuidar a la democracia es fortalecer nuestra capacidad de resolver en paz nuestras diferencias para acercarlas a propósitos comunes.

*Especialista en derechos humanos y secretario general de la Cámara de Diputados

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