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Apuntes incómodos

País de Noche Vieja

Maruan Soto Antaki

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Sin ánimo de enaltecer alguna antipatía, la mayor virtud de la cena de Noche Vieja es que ocurre una sola vez al año. Si bien el abanico de posibilidades para la celebración es amplio, me centraré en la versión familiar de la fiesta. Aunque incluso ésta no es homogénea, entre los alimentos y presencias que llegan a desfilar se encuentran paralelismos con la vida política mexicana.

A pesar de sonar contradictorio a causa de los favores de la costumbre, es válido pensar que en una cena de Noche Vieja la presencia más extraña es la del pavo. Cuando uno ve al animal con vida, cuesta imaginar el momento en que una persona detectó en los colgajos de su rostro la invitación a transformarlo en alimento festivo. Como sucede con otras especies, no fueron sus negativos evidentes los que hicieron apetecible al ave. El gusto será subjetivo, pero la realidad sobre aquellas carúnculas espantosas queda fuera cualquier duda. Un proceso similar se da en las democracias cuando un individuo es elegido para ocupar el centro de atención.

La subjetividad siempre jugará un papel fundamental en cada platillo y experiencia. Las familias o amigos que se reúnen para compartir la noche tienden a necesitar de un mínimo acuerdo para no verse obligados a zampar con disgusto lo que tengan enfrente. Si esto no sucede, algunos ingredientes aparentemente indiscutibles provocan la resignación del comensal, al que no le faltan argumentos para rechazar lo que, a menudo, es un mero hábito perpetuado por la mecánica. Es probable que las frecuentes carnes de cerdo sean las más afectadas por lo anterior. Son invadidas arteramente por uvas o ciruelas a punto de pasa, las cuales, lejos de resaltar las propiedades naturales de la base del platillo, terminan por cubrirlas previendo la falta de aptitudes o las dificultades en su preparación. Es sabido que para esta carne el riesgo de secarse es alto, arruinándola y prometiendo mayor resignación. Entonces, con perversa precaución se busca solucionar el fenómeno, anticipándolo y ocultándolo sin evitarlo. Algo parecido a las maneras desde las que hacemos política. De repetir diariamente preparaciones similares, la frustración extinguirá el entusiasmo.

En nuestros países las uvas frescas son el componente emblemático de la noche, por lo que reconozco mi incapacidad para entender la afición por colocarle pasas a cuanto platillo se prepara. La sencillez de las uvas es muestra de humildad que sitúa por debajo de ellas a lo servido antes de las campanadas. Nadie se abraza o ríe con un bacalao nadando en salsa, como sucede al introducir salvajemente 12 uvas a la boca. Por desgracia, la prisa en el rito anula cualquier estrategia para lograr sincronía con la verbalización de igual número de deseos. Tarea imposible que vuelve a recordar la ingenuidad de nuestros tiempos.

Una ligera embriaguez es admisible y, con ella, no extrañan los comentarios mal atinados. Cuántas anécdotas se pueden imaginar alrededor de un pariente exaltado que llamó fascista, traidor o canalla a un ausente. Si las palabras de la noche se dijeran constantemente perderían significado. Pocos daños son más permanentes que el vacío reiterativo.

Por fortuna siempre llega un Año Nuevo.


@_Maruan





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