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Sábado , 15.12.2018 / 18:05 Hoy

Apuntes incómodos

El cambio y la tradición

Maruan Soto Antaki

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Para devaluar una palabra no hay más que usarla indiscriminadamente, para hacerlo de manera implacable solo es necesario llevarla a los terrenos políticos. El cambio vuelto panacea es marca de cuanto gobierno se antoje. Basta decir o demostrar que los proyectos o políticas anteriores eran malos, para que lo nuevo sea bueno, porque es nuevo. Importa poco lo que se pueda discutir o argumentar, ninguna razón será más fuerte que la seguridad con que se augura un futuro para el que hay un camino trazado desde la visión prometedora.

Es casi norma. La fascinación por sus propias soluciones que tiene cualquier poder recién conquistado, tiende a obviar la imposibilidad de los poderes en México para prever o reaccionar ante lo que no resulte de la manera en que se imaginó y prometió. En este país, los efectos de las propuestas se miden en aplauso político y no en consecuencias a plazos largos. Lo positivo se encuentra en la novedad que recurre incansablemente a las fallas, crímenes y desastres que precedieron, para eximir con ellos las faltas propias y los pronósticos negativos. Detenerse a pensarlos es suficiente para ser visto como derrochador de fatalismos en espera de acertar el minuto de la hora final. ¿Qué gran obra del pensamiento se ha escrito sin escepticismo?

Quizá sea que, entre nosotros, el espíritu reformador y transformador del cambio importe más que el cambio mismo. De resignarse a esto no es necesario domesticar la realidad; ya se ha amaestrado su ilusión. Dentro de ella se juega con la supuesta infalibilidad de las promesas y esperanzas, atisbos que rechazan la condición de quien ostenta el poder y se encuentra obligado, por responsabilidad, a mediar entre lo indeseable. A manejar múltiples posibilidades en simultáneo, incluyendo la que se quiere evitar.

Con cada gobierno entrante, y el que se prepara para asumir no es ajeno, la tradición política en México manipula las nociones de futuro, probables o improbables, para complacer las visiones del presente. ¿En verdad no tienen ninguna duda sobre la construcción de un aeropuerto donde ahora planean?, ¿ninguna acerca de lo que han alcanzado a decir para su estrategia de seguridad? ¿Están convencidos de que la eventual reducción de impuestos en el norte del país no mermaría el desarrollo en el sur? En la exhibición de certezas no se dibuja ningún cambio.

Para gobernar se necesita aceptar lo real del posible desenlace negativo, sin abandonar las probabilidades positivas de lo hecho y lo que se quiere hacer. Eludir las variables contrarias no es hacer política sino inconsciencia, hermana de la irresponsabilidad.

Solo pensando en el fracaso de sus acciones, los gobiernos logran evitar su decadencia. Esa que se pavimenta al aferrase a una idea de triunfo inevitable.

La urgencia de cambios en cualquier país navega entre la razón y la pasión. Es incuestionable que el momento nacional los requiere y la política, debe ser la brújula que le impide a la última anular los sentidos de la primera.

Es improbable conducir un cambio si exclusivamente se miden las señales y elementos desde la propiedad de convicciones y seguridades. Con ellas, si acaso, se logrará esbozar la justificación de las afirmaciones.

@_Maruan





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