• Regístrate
Estás leyendo: Daniel Johnston y la pureza del arte
Comparte esta noticia
Domingo , 27.05.2018 / 19:42 Hoy

Fosa común

Daniel Johnston y la pureza del arte

Martín Rangel

Publicidad
Publicidad

Es el año de 1992. Estamos en la entrega de los Video Music Awards, organizado por el canal televisivo, mítico entonces, MTV. Nirvana acaba de tomar el escenario y, luego de tocar las primeras notas de la polémica “Rape me” a manera de (suponemos) provocación, Kurt Cobain detiene su guitarra y comienza (ahora sí) su performance con el tema “Lithium”. Miramos con atención la playera que trae puesta, debajo de una camisa a cuadros abierta, el frontman de los de Aberdeen. Blanca. Nos extraña el dibujo que lleva impreso. Debajo de la leyenda “HI, HOW ARE YOU: The unfinished album”, un animal fantástico con ojos de caracol, cuerpo de rana, y una boca redondamente abierta. Al final, un nombre y una fecha: septiembre de 1983, Daniel Johnston.

Estamos en 1992 y aquí no hay internet. O no como lo conocemos. Muchos de los jóvenes que miran MTV esta tarde acaban de ver a su ídolo portar una prenda con el nombre de otro músico. Un músico que seguramente, de otro modo lo no haría ¿no?, admira. Y los fans quieren saber de quién es fan su líder. Algunos de ellos preguntarán a sus amigos si conocen a este tal Daniel Johnston. Alguno de los amigos dirá que escuchó hablar de él alguna vez en un café, pero que no está muy seguro. Este último miente: nadie sabe quién es Daniel Johnston. Aun hoy, el video en YouTube de su canción más conocida, “True love will find you in the end”, no rebasa siquiera el medio millón de visitas.

Los más osados se habrán atrevido a preguntar por el nombre de Daniel en su tienda de discos local y habrán incluso conseguido alguno de sus cassettes. Ellos, los afortunados, no habrán podido evitar sentir asombro al instante en que la música comenzó a sonar. Estarán frente a una de las propuestas más auténticas y puras que ha dado el siglo. El registro agudo en la voz de Daniel, acompañado apenas de un piano sencillo o el rasgueo desafinado de una guitarra, arroja verdades duras. Así que los afortunados escuchas se enfrentan a la voz infantiloide de Johnston teñida, por la baja fidelidad de su acompañamiento instrumental, de un halo tenebroso. Las letras van del amor no correspondido al proselitismo cristiano. Llegado este punto no podrán dejar de preguntar. Averiguarán que Daniel nació en California, el año de 1961. Que fue un niño retraído y fanático de los Beatles, en especial de John. Que comenzó a grabar sus pistas desde muy joven, y a dibujar. Que sus padres siempre mantuvieron una postura de rechazo hacia su trabajo, y a su negativa por dedicarse a algo más. Que estuvo enamorado de una Laurie durante su juventud, y que ella se convirtió en la musa que a la que aun recurre. Que pasó algún tiempo en la universidad, y también en el psiquiátrico. Que sobrevivió a la caída de un avión (a la que contribuyó al arrebatar las llaves del vehículo a su padre, quien piloteaba la nave, y lanzarlas por la ventanilla) y que esto mismo lo llevó al psiquiátrico. Que desde ahí pidió que le contrataran a Yoko Ono para que produjera su álbum siguiente. Que también desde su encierro escribió un comercial para Mountain Dew, que no fue trasmitido jamás. Que alguna vez experimentó con el LSD y comenzó a sufrir de delirios demoníacos. Que la figura del diablo se convirtió en un aspecto recurrente de su lírica. Que se trata de uno de los compositores más lúcidos que podremos escuchar, al menos hasta nuestros días.

La obra de Johnston, tanto pictórica como lírica, es de una frescura que sólo puede provenir de la ingenuidad. Ingenuidad que, a fin de cuentas, nos sirve como vehículo para alcanzar verdades dolorosas, porque así el azote es más ligero. Misma ingenuidad infantil que lleva a Daniel a tomar los lápices de colores y dibujar extrañas criaturas que sólo son posibles dentro de los muros de su mente. Misma ingenuidad que permite al arte florecer naturalmente, sin ninguna atadura estilística que le comprometa. Sólo la respuesta natural y libre al llamado del instinto creador.

Hoy, Johnston vive en casa de sus padres. Pasa sus días entre la creación y los cigarrillos. De vez en cuando todavía da algún show. Y lleva tras de su nombre un compendio de sólidas aunque sencillas composiciones en las que se miran al espejo muchos de los padecimientos y descubrimientos que llegaron con el fin del siglo. Y podemos fiarnos de mirarlos, pues han sido captados por la lente inocente y sincera de un niño eterno. No esperemos a que Daniel muera para comenzar a valorar su obra. Descubramos que (y por qué) Kurt, aquella tarde emblemática hace más de veinte años, eligió el atuendo adecuado.

jmrn23@gmail.com

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.