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Martes , 23.10.2018 / 16:47 Hoy

La ciencia por gusto

Nuestra incultura científica

Martín Bonfil Olivera

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En su libro El mundo y sus demonios (1995), Carl Sagan escribió: “Hemos organizado una civilización global en la que los elementos más cruciales dependen profundamente de la ciencia y la tecnología. También hemos dispuesto las cosas de modo que casi nadie entienda la ciencia y la tecnología. Eso es una receta para el desastre.”

Desde hace muchas décadas, las sociedades modernas sabemos que es vital que los ciudadanos cuenten con una mínima cultura científica.

Pero una y otra vez, cuando se hacen estudios y encuestas para conocer el nivel de cultura científica de nuestra población —en México y en otros países—, descubrimos que los ciudadanos presentan alarmantes carencias respecto a conocimientos científicos elementales. Esto, a pesar de la inclusión de contenidos de ciencia en la escuela y de los esfuerzos para popularizarla fuera de ella.

El Conacyt realiza periódicamente una Encuesta Nacional de Percepción Pública de la Ciencia y la Tecnología (Enpecyt), que se aplica a una muestra representativa de ciudadanos: en 2015 fueron más de 3 mil, en 32 ciudades. En ella invariablemente se descubre que un alto porcentaje cree en cosas como poderes psíquicos, números de la suerte o visitas extraterrestres; considera que la astrología o la investigación de fantasmas son disciplinas científicas, y piensa que es más importante combatir la pobreza que invertir en ciencia (sin considerar que invertir en ciencia es la mejor apuesta para aumentar el nivel económico y de vida).

Recientemente la empresa Parametría presentó los resultados de su propia encuesta de percepción pública de la ciencia y la tecnología. Aunque es un estudio más limitado —solo 800 participaron— y muchas de las preguntas están planteadas de forma simplista o sesgada (problema que, por cierto, comparte la Enpecyt), lo que revela es muy preocupante.

Entre otros datos, la encuesta muestra que, si bien 49 por ciento de mexicanos opina que a lo largo de la historia los avances científicos han beneficiado a la humanidad, otro 41 por ciento piensa lo contrario: que la ciencia ha sido perjudicial. Un 56 por ciento opina que la ciencia y la tecnología hacen nuestras vidas más sanas, fáciles y cómodas, pero 40 por ciento piensa lo opuesto. Y, alarmantemente, 69 por ciento piensa que “dependemos demasiado de la ciencia, y no lo suficiente de la fe”, contra solo 27 por ciento que discrepa de tal afirmación.

Parametría informa también de que la situación ha empeorado desde 2009, cuando se aplicó la misma encuesta: la percepción de que la ciencia y la tecnología han beneficiado nuestras vidas bajó de 74 al actual 56 por ciento en ese periodo, mientras que la opinión respecto a que deberíamos depender menos de la ciencia y más de la fe subió de 32 al actual 69 por ciento.

Sería muy necesario hacer un estudio más profundo y amplio para confirmar estos resultados. Pero es claro que habrá que hacer algo, a escala federal y con carácter urgente —pienso en algún tipo de estrategia nacional de promoción de la cultura científica— si no queremos correr, como país, la misma suerte que Estados Unidos, donde las creencias en curaciones mágicas y el movimiento antivacunas están ocasionando graves problemas de salud, donde el negacionismo del cambio climático causa daños a escala global, y un presidente ignorante, discriminador y violento amenaza la paz mundial.

mbonfil@unam.mx

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

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