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La ciencia por gusto

La pobreza de las ciencias

Martín Bonfil Olivera

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El 3 de junio falleció el astrólogo Esteban Mayo, decano de su disciplina. A pesar de que la astrología es una reconocida seudociencia, y de que quienes viven de ella son básicamente charlatanes que estafan a la gente que realmente cree que pueden “predecir” el futuro, su muerte desató una serie de comentarios en las redes en que se le presentaba como una especie de sabio, un maestro y poco menos que un benefactor de la humanidad. Recuerdo que una vez compartí con él una mesa redonda, donde expresó su desprecio hacia la ciencia: “Me dan lástima los científicos —expresó—, porque creen que saben”.

Hay que reconocer que en algo tenía razón: comparada con la astrología, la cartomancia y otras “mancias” (artes adivinatorias), y con el pensamiento místico, mágico y esotérico en general, que básicamente lo saben todo, la ciencia es una disciplina de gran pobreza y limitación. Lejos de saberlo todo, sabe muy poco, y lo poco que sabe se ve enormemente limitado, porque tiene necesariamente que basarse en la evidencia.

Pero es esa pobreza y limitación, esa necesaria modestia, su cualidad más valiosa. Porque lo poco que sabe la ciencia, lo sabe con una gran certeza. La ciencia produce el conocimiento más confiable que el ser humano ha sido capaz de generar. Conocimiento que, además, se corrige constantemente, evoluciona y avanza. Pero, paradójicamente, al avanzar nos va revelando el campo cada vez más extenso de lo que ignoramos.

Ya me gustaría ver a un astrólogo, adivinador o esotérico que reconociera siquiera las limitaciones o la falibilidad de su disciplina.

Mientras en México ocurre esto, en la España que estrena un nuevo gobierno, encabezado por Pedro Sánchez, pueden sentirse orgullosos de que su nuevo Ministro de Ciencia, Innovación y Universidades es nada menos que un ingeniero aeronáutico y astronauta real de la NASA y la Agencia Espacial Europea: Pedro Duque, que ha dedicado su vida además a la educación, la promoción del pensamiento científico y de la industria basada en ciencia, y al combate de seudociencias (recientemente tuiteó: “El Reiki es lo que mi abuela llamaba ‘cura sana culito de rana’. A los niños con pupitas [ampollas por sarampión] los consuela mucho”, lo cual enfureció terriblemente a los defensores de esta seudoterapia).

Por su parte, la nueva ministra de Salud, Carmen Montón, es licenciada en medicina y tiene una trayectoria de lucha por el matrimonio igualitario, la interrupción voluntaria del embarazo y otras valiosas causas sustentadas en el conocimiento científico. Es también una férrea crítica de las seudociencias.

Al mismo tiempo, ante el hecho de que la mitad de los españoles confía en seudoterapias sin sustento científico o médico, la Confederación de Sociedades Científicas de España y la Federación de Asociaciones Científico Médicas Españolas han decidido lanzar una campaña para erradicar, a través de esfuerzos de divulgación y de cabildeo político, las seudomedicinas del sistema de salud español.

España salió recientemente de una grave crisis económica, y apenas supera una crisis política. Y aun así, al compararlos con lo que sucede en nuestro país, donde las “medicinas alternativas” florecen con apoyo de distintas autoridades, la diferencia entre el primer y el tercer mundo resulta más dolorosa que nunca.

mbonfil@unam.mx

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