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Martes , 25.09.2018 / 02:54 Hoy

La ciencia por gusto

La fama de Hawking

Martín Bonfil Olivera

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Quizá la mayor sorpresa que ha dejado la muerte del cosmólogo inglés Stephen Hawking el 14 de marzo es constatar el tamaño descomunal de su fama.

Sabíamos que era, sin duda, el científico más famoso del mundo. Pero era solo un científico: pocos hubieran previsto que su muerte parara las prensas, saturara las redes sociales y llegara a las primeras planas de todos los diarios.

Normalmente, ese tamaño de reacción se reserva para cuando muere una princesa o una estrella del espectáculo. Que un físico dedicado a un área tan compleja y matemáticamente abstrusa como el origen y evolución del universo, la estructura y comportamiento de los hoyos negros, la relación entre relatividad y mecánica cuántica y demás temas que solo se pueden comprender a fondo con una avanzada preparación matemática, resulta cuando menos inesperado.

¿Cómo es que Hawking se convirtió no solo en un personaje mundialmente famoso y apreciado, sino en icono de la cultura pop? La respuesta, creo yo, reside en dos factores: su lucha constante, durante más de 50 años, contra la enfermedad que lo aquejaba, que le robó el habla y la capacidad de moverse, y el amplio y continuo trabajo de divulgación científica que realizó durante décadas. Básicamente a través de libros que se volvieron en muchos casos best-sellers, pero también mediante conferencias, entrevistas y participación en programas de radio y televisión.

Comenzando con el inmensamente exitoso Una breve historia del tiempo, de en 1988, Hawking continuó escribiendo regularmente libros para el gran público. Entre sus títulos más populares están El universo en una cáscara de nuez, Agujeros negros y pequeños universos y Brevísima historia del tiempo. También escribió, junto con su hija Lucy, cinco libros para niños.

A pesar de sus grandes ventas, sus textos tenían fama de ser difíciles de entender para el lector común. Aun así, despertaron la curiosidad y el asombro ante la imagen del universo que nos revela la física moderna.

Transformado en superestrella, Hawking fue admirado por muchos —a veces exageradamente— y odiado por otros. Hay quien lo consideraba el mejor científico del mundo o de la historia. Otros parecían pensar que era el ser humano más inteligente en existencia, y creían que cualquier opinión que emitiera sobre cualquier tema era incontrovertible. Ni lo uno ni lo otro; ser el físico más famoso no quiere decir que fuera el mejor. De hecho, el concepto de “el mejor” carece de significado cuando se habla de científicos, intelectuales o artistas, porque ninguna de estas actividades es una competencia.

¿Fue inmerecida la fama de Hawking? De ninguna manera. La logró con base no solo en su inteligencia y logros científicos, sino con un trabajo sostenido que pocos son capaces de realizar; mucho menos si padecen una enfermedad como la suya. Pero además porque sirvió para hacer que muchas personas pudieran acercarse a la ciencia, sus complejidades y su fascinación. Ayudó a difundir el conocimiento científico, a fomentar el pensamiento crítico y despertó numerosas vocaciones. Stephen Hawking fue sin duda un gran divulgador científico, además de un destacado investigador. Parafraseando a mi amigo y colega el físico Sergio de Régules, el que no fuera el mejor físico del mundo no quiere decir que no fuera un gran físico.

mbonfil@unam.mx

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

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