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Sábado , 22.09.2018 / 04:26 Hoy

La apasionante historia del índigo

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La historia de la humanidad ha estado siempre ligada a la moda. Y una de las manifestaciones más tempranas del afán por portar una vestimenta atractiva, distinta, especial, fue la búsqueda de colorantes que tiñeran las aburridas telas de siempre con colores variados y llamativos.

Hace unas semanas hablamos aquí de la grana cochinilla, el colorante rojo intenso extraído del insecto Dactylopius coccus, parásito del nopal, y la influencia que ha tenido en la historia de la moda, el arte y la industria.

Pues bien: el azul es otro color con gran historia. Y el azul más famoso es el tinte históricamente conocido como añil o índigo, que puede obtenerse de distintas plantas, pero especialmente del arbusto tropical Indigofera tinctoria.

El añil se ha usado para teñir telas desde hace milenios: la evidencia más antigua de su uso se remonta a 6 mil años en Perú, pero fue usado en Mesopotamia, el antiguo Egipto, Mesoamérica y África, además de la India, Japón y el sureste de Asia. La planta fue originalmente domesticada en la India, que fue durante siglos el principal proveedor del tinte (de ahí su nombre, que significa “de la India”). Usar ropas teñidas con el llamado “oro azul” fue visto como signo de elegancia y riqueza en las antiguas Grecia y Roma, y en Japón, la propia India y Europa.

En Europa, curiosamente, se solía usar un añil extraído de otra planta (Isatis tinctoria), que lo produce en mucha menor cantidad (y es, por tanto, muy caro). Cuando el navegante portugués Vasco da Gama, en 1498, descubrió una ruta marítima directa a la India, el negocio de la producción de añil europeo entró en crisis, pues el índigo importado era mucho más barato, al grado de que en Inglaterra y Alemania se llegó a prohibir su uso, argumentando que “era venenoso”.

Posteriormente, el índigo se comenzó a cultivar y producir en las colonias de América, hasta que en 1897 se desarrolló un método de síntesis química, que abarató su costo. En tiempos recientes su mayor auge ha sido para teñir los famosísimos pantalones de mezclilla (blue jeans). Aunque cada pantalón requiere solo unos gramos de pigmento, la demanda es tal que hoy la inmensa mayoría se tiñe con índigo sintético.

La fabricación industrial de índigo usa muchos compuestos contaminantes, como formaldehído, cianuro e hidrosulfito de sodio. Por ello, un grupo de investigadores encabezado por John Dueber, de la Universidad de California en Berkeley, buscó recientemente un método menos dañino para el ambiente. Se inspiraron en otra planta que produce el pigmento, el índigo chino (Polygonum tinctorium): extrajeron de ella los genes que controlan la producción del índigo y los introdujeron en la bacteria Escherichia coli, fácil de cultivar industrialmente.

Su método consiste en teñir la tela con el pigmento y las enzimas producidas por las bacterias. Aunque no es aún eficiente a escala comercial, sirve como prueba para demostrar que, usando la ingeniería genética, se pueden revolucionar procesos industriales contaminantes para dañar menos el ambiente, y poder seguir disfrutando nuestros blue jeans sin sentimiento de culpa. La historia del índigo en el reino de la moda sigue adelante.

mbonfil@unam.mx

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

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