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Domingo , 15.07.2018 / 15:12 Hoy

Grana cochinilla

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Grana, guinda, carmín, púrpura, carmesí… los nombres del color que nuestros ojos y cerebros interpretan como “rojo” son muy variados. Y la historia del color rojo, como la de otros colorantes, además de ser fascinante, ha estado desde siempre ligada a la de la química.

Los colorantes o pigmentos son sustancias que, gracias a su estructura química, absorben ciertas longitudes de onda de la luz blanca del Sol y reflejan otras. Han sido útiles, a lo largo de la historia, para impartir color a las creaciones humanas. Y pocas creaciones humanas dependen tanto del color como la ropa. Así ocurrió con el colorante rojo llamado grana cochinilla, producido por el insecto conocido como cochinilla de la grana (Dactylopius coccus), originario de América y que infesta preferentemente las pencas de los nopales. Los pueblos originarios de México ya cultivaban y cosechaban la cochinilla para extraer el colorante. Cuando los conquistadores españoles descubrieron el valor de este “oro rojo”, que alcanzaba precios estratosféricos, comenzaron a comercializarlo en Europa, donde los tintoreros, que eran quienes teñían las telas usadas por la nobleza, se volvieron locos por él debido a su calidad y su elegancia. Pronto las telas rojas teñidas con grana se volvieron sinónimo de riqueza y alcurnia.

Y, como se explica en la magnífica exposición “rojo mexicano”, que se presenta en el Palacio de Bellas Artes desde el pasado 10 de noviembre, de los tintoreros la fiebre por la grana pasó a los pintores, que la buscaban primero para reproducir lo más fielmente posible los ropajes de los personajes nobles y poderosos que retrataban, y después como un pigmento único que enriqueció su paleta.

La exposición, que es una delicia, va desde la química del colorante y la biología de la cochinilla, pasando por la historia de su cultivo en tiempos prehispánicos y durante la Colonia, a sus usos en la industria del vestido y la pintura en diversos periodos, hasta sus aplicaciones actuales en la industria alimentaria.

Y con ese pretexto, presenta obras valiosísimas de pintura y artesanía mundial, entre ellos un Van Gogh y otros cuadros únicos de pintores famosos, con una museografía de primera. Y, por si fuera poco, habla también de la ciencia, pues la exposición misma es producto de un proyecto científico-artístico en el que se usó la más moderna tecnología para confirmar qué pintores usaron la grana cochinilla en sus obras a lo largo de la historia del arte.

No sé si la túnica original de San Nicolás de Bari, de quien deriva la figura de Santaclós, fuera roja, pero si lo fue, seguramente no estaba teñida con grana cochinilla, porque vivió alrededor del año 300, más de mil años antes del descubrimiento de América. Pero sí pudo estar teñida con algún colorante similar, pues, tal como se muestra en la exposición, hay regiones como Armenia o Polonia donde otras especies similares a la cochinilla de la grana se han usado para obtener colorantes similares, aunque en mucha menor escala.

Lo que sí sé es que, si anda usted en CdMx en estos días, y tiene un rato libre, puede aprovecharlo para visitar esta maravillosa y muy disfrutable exposición, que estará abierta hasta el 4 de febrero.

Este columnista le desea una muy feliz Navidad.

mbonfil@unam.mx

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

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