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Miércoles , 18.07.2018 / 00:32 Hoy

La ciencia por gusto

El fracaso de Peña Nieto

Martín Bonfil Olivera

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En 2012, durante su campaña, Enrique Peña Nieto hizo enviar una carta a los miembros del Sistema Nacional de Investigadores, ofreciéndoles, de ser electo, elevar el gasto en ciencia y tecnología hasta alcanzar la cifra mínima recomendada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE): 1 por ciento del producto interno bruto (PIB).

Ya electo, en septiembre del mismo año, criticó que México invirtiera solo 0.4 por ciento en ciencia y tecnología, y ofreció aumentar dicha inversión en 0.1 cada año, hasta llegar al final de su sexenio al deseado 1 por ciento. En 2015 pudo presumir que dicha inversión se había incrementado en 36 por ciento, para llegar a 0.54 por ciento del PIB.

Pero los problemas, como las excusas, nunca faltan. En este caso llegaron en forma de crisis petrolera y económica, devaluación, crisis de seguridad nacional, desastres naturales y otros factores que han hecho que en los últimos años la promesa de Peña Nieto haya quedado olvidada.

¿Es grave esto? ¿Por qué tendría un país como México, con tantos problemas, dedicar tanto dinero a ciencia y tecnología? ¿Hay que obedecer ciegamente a la OCDE? Aunque se trata de un ente muy polémico, no hay duda de que la recomendación que hace a sus miembros de invertir al menos 1 por ciento de su PIB en ciencia y tecnología es un consejo excelente, basado no en una cierta ideología económica, sino en el hecho de que aquellos países que invierten más en estos rubros son los que presentan un mayor desarrollo no solo científico, sino económico e industrial. Y este desarrollo científico-tecnológico-industrial se refleja no solo en el bienestar y nivel económico de su población en general, sino también en el poderío económico y político de esas naciones, y por tanto en su nivel de autodeterminación, independencia y libertad.

En cambio, los países económicamente menos desarrollados, como el nuestro, tenemos un menor nivel de vida, menos poder de negociación y debemos someternos a las reglas de los poderosos. Somos menos libres. Y todo, en gran parte, debido a las decisiones que nuestros políticos toman respecto a la inversión en educación, por un lado, como en ciencia y tecnología, por otro. El 1 por ciento recomendado por la OCDE es solo un mínimo, no un monto idóneo. Como comparación, China dedica 1.5 por ciento de su PIB a estos rubros, mientras que Brasil y Sudáfrica invierten 1 por ciento. Por no mencionar a Estados Unidos, con 2.8.

Este año se acaba de aprobar en el Congreso el Presupuesto Federal para 2018. Y el gasto en ciencia y tecnología, aunque no disminuyó, tampoco aumentó gran cosa, lo cual, en la práctica, implica un retroceso. Si bien, como comenta Alejandro Canales la semana pasada en el suplemento Campus, los diputados lograron incrementarlo de 91 a 92 mil millones de pesos respecto a la propuesta original del poder Ejecutivo, no llegaremos mucho más allá de 0.5 por ciento. Con ello, nuevamente se estará violando la Ley de Ciencia y Tecnología, que especifica que dicho monto: “no podrá ser menor a 1 por ciento del producto interno bruto del país”.

Un grave fracaso, una importante promesa incumplida del Presidente del “te lo firmo y te lo cumplo”. Fracaso que refleja, además, los valores de nuestra sociedad, que no acaba de entender que, para entrar de lleno al siglo XXI, nos urge reevaluar a fondo nuestras prioridades nacionales.

mbonfil@unam.mx

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

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