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Sábado , 26.05.2018 / 11:58 Hoy

La ciencia por gusto

El árbol de Darwin evoluciona

Martín Bonfil Olivera

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Ha sido una semana terrible. Murió Leonard Cohen. Un loco irresponsable llegó al poder en EU. Y en México, el pueblo demostró que puede ser manipulado por campañas religiosas, y nuestros políticos, al sepultar la iniciativa de matrimonio igualitario, que no gobiernan para beneficiar al país, sino para ganar votos.

Comentemos, mejor, una fascinante noticia publicada en abril: la construcción de una nueva versión súper detallada, del “árbol de la vida”, que trae sorpresas.

Charles Darwin propuso que las especies evolucionan por un proceso de variación y selección a partir de sus ancestros. Todos los seres vivos somos parientes. Si representamos esto gráficamente, obtenemos un árbol cuyas ramas se bifurcan incesantemente.

En tiempos de Darwin la taxonomía se guiaba por las características físicas de los organismos. Posteriormente, gracias a la microbiología y la bioquímica, los métodos de clasificación incluyeron también sus características metabólicas. El árbol se fue complicando.

En el siglo XX la genética y la biología molecular hicieron posible clasificar a los organismos por su información genética. Se popularizó un árbol dividido en cinco reinos: animal, vegetal, hongos, protozoarios (organismos microscópicos con núcleo celular) y bacterias, que a diferencia de todos los anteriores, eucariontes, son procariontes (organismos microscópicos cuyas células no tienen núcleo).

En 1990 se descubrió que el árbol de la vida en realidad tiene tres grandes dominios: el que incluye a todos los eucariontes; el de las bacterias, y uno nuevo que contiene a otros organismos similares a éstas, pero con diferencias que ameritaban su propio dominio: las arquea.

Con el siglo XXI llegó la era de la genómica: la posibilidad de analizar genomas enteros. Y también la metagenómica: el análisis simultáneo de múltiples genomas de organismos presentes en una muestra.

Durante años, un grupo internacional de investigadores encabezados por Jillian Banfield, de la Universidad de California en Berkeley, analizaron los genes de mil 11 nuevas especies de microorganismos de distintos ecosistemas, descubiertas mediante métodos metagenómicos que permiten detectarlos aunque jamás se hayan observado ni cultivado en el laboratorio.

Luego compararon esos genomas con los de otras 2 mil 72 especies de organismos ya conocidos, de todas las ramas del árbol de la vida, y construyeron un nuevo árbol que muestra, de manera más detallada que nunca, sus relaciones evolutivas.

Dos cosas destacan en este bello árbol. Una es la cantidad inmensa de bacterias y arquea cuya existencia desconocíamos: son la mayor parte de las especies vivas. Otra es una gran rama de bacterias jamás cultivadas, desconocidas, cuyo metabolismo es enormemente simple. Se especula que pueden ser representantes de especies muy antiguas, o bien que se han adaptado para sobrevivir en simbiosis.

¿Y nosotros? Los animales, junto con todos los organismos eucariontes, quedamos en una rama ínfima derivada del dominio de las arquea.

La nueva y detallada imagen del árbol de la vida no solo es fascinante: también inspira humildad. Y quizá también nos da un sentido de perspectiva: frente a la inmensidad de la evolución biológica, la subida al poder de un desquiciado se ve un poquito menos amenazadora.

mbonfil@unam.mx

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

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