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Lunes , 22.10.2018 / 09:29 Hoy

La ciencia por gusto

Amenaza inminente

Martín Bonfil Olivera

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Vivimos tiempos oscuros. En todos los países se está presentando un cambio cultural que se manifiesta en fenómenos tan preocupantes como un número creciente de ciudadanos que creen, muchas veces apasionadamente, en ideas tan absurdas y carentes de sustento como que el cambio climático es inexistente, que las vacunas dañan la salud, que la Tierra es plana, que el cáncer es causado por malos pensamientos, que nunca se llegó a la Luna, que seudoterapias como la homeopatía, la acupuntura o los cristales son más eficaces que los tratamientos clínicamente comprobados, o que el alzhéimer es causado ¡por comer pan!

Y no son solo tonterías que alguna gente poco educada cree. Son ideas que están siendo aceptadas por grupos cada vez más amplios, incluyendo gobernantes, funcionarios, tomadores de decisiones, empresarios y líderes de opinión.

¿A qué se debe este fenómeno? Indudablemente es multifactorial. Me arriesgo a aventurar algunas posibles causas:

1. El creciente deterioro del sistema educativo de muchos países, que causa que las habilidades de lectoescritura y de pensamiento lógico y crítico, además de la cultura general y científica de los jóvenes, se empobrezca.

2. El auge de la “cultura digital” que ha causado una crisis editorial en que los periódicos y revistas, y en menor medida los libros, que tradicionalmente pasaban por un proceso más o menos riguroso de control de la calidad de sus contenidos, hayan sido reemplazados por lecturas en internet cuyos contenidos pueden o no ser confiables.

3. La predominancia de las redes sociales, que monopolizan el tiempo que muchas personas dedicábamos a la lectura y nos acostumbran a recibir un continuo flujo de información fragmentaria, dudosa y que puede compartirse instantáneamente. Ello ha causado un deterioro en las capacidades lectoras: leemos menos libros, y todo texto más extenso que un tuit nos parece “muy largo”.

4. Un “encono social”, a escala global, que ocasiona que los ciudadanos tiendan a desconfiar y rechazar toda forma de autoridad, incluida la intelectual y la académica. Y claro, la científica.

Parecería la receta para un desastre. Como si el siglo XXI nos hubiera traído, en vez de aquellos sueños de paz, salud, prosperidad y autos voladores, la amenaza de una nueva Edad Media que se cierne sobre la civilización humana.

Contra esto, quienes nos dedicamos a labores culturales como la divulgación científica hemos siempre confiado que propagar el conocimiento, poner la cultura científica al alcance del público general, era una manera de contribuir a mejorar nuestra civilización y ayudar al progreso de nuestras sociedades. Hoy, diversas investigaciones muestran que no basta con información confiable y argumentos lógicos para combatir la creencia en seudociencias y charlatanerías diversas. Quienes las albergan lo hacen, también, por un fuerte componente ideológico y emocional, que no puede ser modificado con argumentos racionales.

Seguramente exagero. Pero convendría investigar qué podemos hacer para combatir mejor las ideas nocivas, y para recuperar ese aprecio por el conocimiento y la cultura que habían sido, hasta ahora, una de las mejores herramientas de supervivencia de nuestra especie.

mbonfil@unam.mx

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

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