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Lunes , 23.07.2018 / 05:55 Hoy

Mujeres con propósito

Cuestiona tu tipo de apego

Mariela Solís

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Cuando por fin alcanzamos la "madurez" biológica, o la vida adulta, muchas veces nos cuestionamos si estamos en el camino correcto, si estamos tomando las decisiones acertadas, si lo que estamos haciendo nos acerca a nuestros sueños. Sin embargo, pocas veces nos cuestionamos cómo estamos caminando, cómo tomamos decisiones y cómo podemos sacar el mejor provecho, incluso de las consecuencias más desastrosas. O sea, nos enfocamos en el resultado, no en el método; y si sufrieron de adolescentes la temible Álgebra, pueden identificarse con la ansiedad que causaba el método de despejar las variables: pasa igual con la vida adulta.

Cuando vamos creciendo; es más, desde que nacemos, nos han enseñado a delegar las consecuencias en las decisiones de otros. Por ejemplo, alguien nos marcó el límite para comer determinada cosa, cuándo cruzar o no la calle, cómo hablar o no con las personas mayores y otras acciones que fuimos aprendiendo de acuerdo a cómo nos enseñaron. Asimismo, pero de una manera más sutil, aprendimos a relacionarnos de acuerdo a como nuestros padres nos trataron. De esta forma, si nuestra madre fue aprehensiva, hemos crecido para ser adultos ansiosos y tendientes a la dependencia de otros. "Cuidadores". Por otra parte, si nuestros padres fueron más bien relajados o incluso ausentes, crecimos necesitando atención y reconocimiento que nos faltó en la familia. Esto forma parte del estudio sobre el apego que realizó la psicóloga Mary Ainsworth, que nos indica cómo es que nos relacionamos en la vida adulta y tomamos decisiones, de acuerdo a nuestros primeros años de vida.

Nuestras conductas, específicamente nuestras relaciones (y en consecuencia, nuestras decisiones), de acuerdo a esta teoría, están determinadas por cuatro tipos de conducta o apegos: seguro, inseguro evitativo, ambivalente o ansioso y apego desorganizado. Si un niño creció con la seguridad de siempre tener la atención de sus padres, aprendió a confiar en ellos y a través de ellos, sin la preocupación de tener que mirar hacia atrás para asegurarse que ellos seguían ahí, tiene un tipo de apego seguro. En contraste, si el niño creció en un ambiente donde sus necesidades desde la cuna eran atendidas de una manera no confiable o rutinaria, si obtenía respuestas ambivalentes ante el llanto (a veces le hacían caso, otras veces lo abrazaban), y si no tiene la certeza del apoyo o soporte de sus padres, crecerá con un tipo de apego desorganizado.

Finalmente, estos tipos de apego determinan cómo nos relacionamos con otros, cómo cumplimos nuestras tareas diarias o rutinarias y cómo tomamos decisiones importantes. Por eso, no estaría de más detenerse un poco a analizarnos y estudiar cómo crecimos, nuestras relaciones familiares más cercanas y tomar acciones que nos impulsen hacia apegos más seguros; por ejemplo, aprender a dejar ir, aprender a meditar, aprender a confiar en otro tipo de soporte, hacer ejercicios de introspección, entre otros.

Esto nos permitirá contar con mejores herramientas para superar barreras que, en realidad, se encuentran solo en nuestra mente y nos impiden disfrutar del camino y de la plenitud con que deberíamos estar viviendo nuestras vidas. Y, quién sabe, también si estamos en esa etapa, a cambiar cómo estamos relacionándonos con nuestros hijos.

mariela.soro@gmail.com

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