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Lunes , 22.10.2018 / 12:31 Hoy

Columna de María Elizondo

Loma pelada

María Elizondo

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La pela del extremo poniente de la Loma Larga, que se lleva a cabo al por minuto y frente a nuestros ojos, es una franca y reverenda aberración que insulta y rebasa los límites de la desesperanza, a lo que ya estamos acostumbrados quienes vivimos en esta ciudad.

Y vaya que los niveles de tolerancia que hemos debido desarrollar los aquí vivientes no son cosa menor, estando como estamos atrapados entre las incompetencias del Gobierno para regular el crecimiento, y la voracidad y falta de visión de la mayoría de los desarrolladores involucrados.

Digo, no es como que no hayamos visto otros cerros pelarse y otras construcciones lastimosas erguirse en aras de los intereses particulares –o del Gobierno, para el caso– versus los de la comunidad, pero esta pelada mueve más porque está ahí como un aparador que con cinismo, de poniente a oriente, una y otra vez, nos recuerda todo lo que está mal y perverso con el desarrollo urbano en este país.

Pero tal es el orden y mandato del mercado, y ahí estamos todos –peligrosamente– amparados.

¿Sería acaso muy descabellado pensar que pudiera haber otros factores que entraran en juego al momento de hacer un desarrollo inmobiliario más allá que única y exclusivamente el dinero?

Vaya, desde luego que nadie va a estar haciendo desarrollos por amor a la comunidad, pero una cosa es hacer negocio y otra es tirarse con abandono a explotar hasta el último recurso de cada proyecto, aun a costa de todo –léase: construcciones antiguas, parques, áreas comunes, entre otros– y consecuentemente de todos.

Ni hablar de la arrogante relación que llevamos con nuestro entorno natural, de esta cuestión nada más nos acordamos durante algunos días cada tanto, cuando ésta nos la cobra después de una catástrofe, acto de Dios, o evento similar.

¿Calidad de vida? ¿Bienestar comunitario? Esos son conceptos distantes que se leen –o no– en estudios.

¿Sentido común aunque fuera?

Es más que evidente que para cada desarrollo desgraciado que se yergue en el espacio urbano, hay alguien que no nada más no lo encuentra tal, sino que lo ve como una alternativa viable de vivienda, inclusive deseable. Un nombre sofisticado y una buena comercialización parecen ser suficientes para vender un desarrollo –y nosotros comprarlo– aunque esté montado de la manera más lastimosa sobre un pedazo de cerro mutilado y en terreno de dudosa cimentación.

Si en este país nos quedara algo de control sobre este asunto, ese control estaría acaso ahí, en los bienes inmobiliarios que compramos –los que tenemos opción, desde luego–. Es el último bastión en el que apoyarse, viendo la cosa como está.

Una obviedad que no nos ha quedado clara: lo que es en detrimento del otro es eventualmente en detrimento tuyo también. Cuando te friegas el cerro, te friegas el mismo cerro que tú ya no vas a poder ver. Y cuando te ahorras los metros de banqueta, te estás privando tú mismo de un espacio en el cual caminar. Y cuando le compras al municipio el parque público para poner otra sucursal de tu negocio, te estás quedando sin parque tú mismo también –aunque fuera para verlo nada más–. Y cuando yergues una torre fuera de lugar y proporción que impide a todos ver las montañas, tú mismo no las vas a poder ver. Al menos de que te metas a tu torre, esto es.

O le subas a tu barda.

¿Los demás? Que le hagan como puedan.

soymariaelizondo@gmail.com

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