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Martes , 19.06.2018 / 11:33 Hoy

Columna de María Doris Hernández Ochoa

Ninguna sociedad ha estado exenta de la intolerancia

María Doris Hernández Ochoa

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Lo ocurrido en Paris contra los directivos y dibujantes de una revista satírica en días pasados, es uno de los ejemplos más crueles que se dan en aras de la intolerancia. El atentado fue noticia mundial y las manifestaciones masivas de rechazo se multiplicaron, especialmente en Europa.

Varios columnistas dedicaron sus páginas al acontecimiento, condenando el fanatismo y la intolerancia y hasta el Papa dijo que no se puede matar en nombre de Dios. Y en verdad, religión y masacres son incompatibles a la luz de la razón y la verdad.

Pero también han existido pensamientos libertarios que se oponen a su exceso por falta de prudencia, respeto y ecuanimidad, porque no es válido que se ofenda a las personas y a sus creencias argumentando la libertad de expresión al grado del sarcasmo hiriente, quien trasgrede las reglas no escritas de la libertad, corre el riesgo de sufrir las consecuencias. Desde luego, sin justificación en la reacción extrema.

Nuestro país no ha estado exento de algún tipo de intolerancia respecto a quienes han desafiado al sistema político, algunos casos, con resultados fatales.

En el México posrevolucionario, se perseguía desde la marginación y la persecución, hasta el exterminio físico, a quienes se atrevieran a desafiar al sistema político que se estructuraba con base en una dudosa bandera de los “herederos de la Revolución”. A los opositores que mejor les iba, protegidos por su prestigio profesional emprendedor o social, solamente los hacían blanco de burlas y les limitaban sus medios de subsistencia, privándolos de su clientela que hacían posible sus ingresos a quien amenazaban de diferentes formas.

Así surgieron los primeros perseguidos por la intolerancia, convirtiéndose las campañas electorales por los cargos públicos en arenas a veces sangrientas, como sucedió en los casos de seguidores del vasconcelismo y del almazanismo, narrados con cinismo y desparpajo por uno de los gestores del sistema: Gonzalo N. Santos, en su autobiografía.

Otros acontecimientos de intolerancia en el campo político también se presentaron en las campañas municipales o por el gobierno del estado o contra grupos organizados como el Sinarquismo, que llegó a aglutinar más de 50 mil miembros , hasta su extinción, convirtiéndose luego en el Partido Demócrata Mexicano, de breve permanencia.

Todavía en los años 70, se exponía el curioso argumento de reconocer los triunfos de la oposición, pero se argüía que de ninguna manera se permitiría que llegara un gobierno ajeno al sistema así ganara con votos legítimos, apelando al “patriotismo”.

Si antes se utilizaban las armas y la violencia de manera flagrante, con el paso de los años y gracias a los embates ideológicos de líderes de oposición que pusieron contra la pared al máximo gobernante en turno, se logró suavizar la intolerancia, apelando a la pobreza de la mayoría de los electores, dando en lugar de palos, despensas, para disuadirlos de apoyar a otros.

También México ha sido escenario de otros actos intolerantes, como los ejercidos contra las minorías étnicas de Sonora y Chiapas, y en las sociedades pueblerinas y rurales, contra los no católicos o contra quienes promovían el socialismo de manera pacífica.

Con toda la evolución educacional y social de muchos mexicanos, generalmente existe en el fondo de cada persona una porción al menos, de intolerancia, cifrada en la consabida frase “si no estás conmigo, estás contra mi”.

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