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Sábado , 23.06.2018 / 21:01 Hoy

Columna de María Doris Hernández Ochoa

La reducción de poder del estado en México

María Doris Hernández Ochoa

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Ante el embate de la delincuencia que no cesa, el avance de las comunicaciones por redes sociales y otros fenómenos que vienen paralelos, el Estado va minando su potestad y presencia.

Define el maestro Porrúa Pérez: “El Estado es una sociedad humana asentada en el territorio que le corresponde, estructurada y regida por un orden jurídico, creado, aplicado y sancionado por un poder soberano, para obtener un bien público temporal”; por lo tanto, en el Estado permanecen esas características invariables, porque se trata de una institución que disfruta de personalidad moral a la cual el orden jurídico atribuye un conjunto de derechos y obligaciones.

Es el gobierno, una parte del Estado que tiene como fin salvaguardar la seguridad de la sociedad, entre otras obligaciones, para que ésta alcance sus propios fines temporales.

Sin embargo, la ilegalidad que domina diferentes campos, se puede considerar como un síndrome del por qué la disminución de la potestad del Estado. Es la que ejercen los grupos organizados cuya estrategia es reducir su acción, la operación, la presencia y eficacia. Estas manifestaciones se concretan en la criminalidad, la ilicitud, el desvío de autoridad, la arbitrariedad, la corrupción, la lenidad, la apatía, la ineficacia oficial y la cultura de la ilegalidad.

Es una lucha a largo plazo que no fortalece al Estado, por carecer de eficacia para utilizar suficientes facultades y recursos a través del gobierno, dentro de la legalidad; vivió un duro despertar en cuanto la criminalidad lo empezó a rebasar, pues pasó por un extenso letargo. Como tituló el escritor Monterroso uno de sus cuentos: “Cuando despertó, todavía estaba allí”; si, ¡despertó! pero bruscamente, para comprobar que si no reaccionaba, estaba condenado a desaparecer, generando el caos, un vacío de poder que fácilmente ocuparían los grupos en detrimento de la sociedad. La otra opción era reaccionar pero fuera de la ley, como ha sucedido en aquéllos que se convirtieron en dictaduras.

El Estado también va perdiendo figura por la instalación de técnicas en la información más eficientes de los que ha poseído, incluso más eficientes. Las redes sociales y los medios para comunicarse cada vez más extensos y rápidos, dan ejemplo de transparencia al sistema oficial. Las comunicaciones ya no son potestad del Estado porque incluso éste recurre a las redes y a los medios para informarse. Los gobernantes incluso se comunican mejor entre sí utilizándolos.

La crisis de seguridad requiere entonces un replanteamiento de las facultades del Estado para dar un golpe de timón pugnando por una legislación, que le permita rehabilitarse a la velocidad de las urgentes necesidades sociales.

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