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Columna de María Doris Hernández Ochoa

La corrupción, ¿problema de origen cultural?

María Doris Hernández Ochoa

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Desde hace por lo menos diez años, existe una clasificación internacional de los países más y menos corruptos, en la cual invariablemente aparece el nuestro entre los peor calificados… en la parte opuesta de Finlandia, Suecia, Suiza, Islandia. Si esto no hiere la sensibilidad y el honor del mexicano medio, ¿entonces qué?

El tema se evadía por lo incómodo, dejando lo mencionaran solo periodistas, los organismos intermedios y a veces algún inversionista cansado de los costos fuera de presupuesto para tramitar sus proyectos. Algunos de ellos de origen extranjero, preferían retirarse antes de involucrarse en el bajo mundo de la tramitología que encarece el proceso.

Algunos empresarios del transporte que traté durante siete años, comentaban que dentro de los viáticos de sus operadores, incluían cuotas por “derecho de paso” y para no ser infraccionados.

Pero ahora el tema resulta importante ventilarlo por el efecto que está arrojando sobre el espectro político, dado los pasados resultados electorales en el campo local, ante la perspectiva de las elecciones de 2018 en las cuales el elector y objeto de actos corruptos, desea se reduzca hasta su eliminación ese fenómeno negativo, que mayoritariamente se observa en los órganos de gobierno de los tres niveles.

Las mismas autoridades federales trataron de justificar la existencia de la corrupción como algo fatal, como parte de la cultura del mexicano, lo que haría fracasar cualquier intento en su contra. Como dijo Carlos Elizondo: “Un Presidente que cree y afirma en público que la corrupción es fundamentalmente un problema cultural, manda una alarmante señal”.

No es lógica ni éticamente aceptable que esa conducta pertenezca a la “genética nacional”.

La prueba está en cuanto un mexicano acostumbrado al “ahí se va” visita un país desarrollado, con habitantes educados y autoridades dignas: su conducta de inmediato se pliega a la forma de ser de esa sociedad, se cuida mucho de no infringir los reglamentos… andan como se dice coloquialmente “muy derechitos”… saben que un intento de soborno lo puede llevar a la cárcel.

No es cuestión “cultural”, sino el reflejo de un medio ambiente en el que se ha tolerado para “aceitar” la tramitología o para evadir las regulaciones.

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