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Sábado , 23.06.2018 / 15:51 Hoy

Columna de María Doris Hernández Ochoa

Exagerado apego al dinero, de algunos políticos

María Doris Hernández Ochoa

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Desde hace varios años han aflorado escandalosos casos de corrupción de personas que han ostentado el poder ocupando cargos públicos, tanto de elección popular como en el aparato administrativo.

No se trata de pequeñas cantidades o gastos que no tienen relación con el servicio, aplicados en hoteles, comidas o viajes a Europa… Comparativamente, son minucias con respecto a los cientos de millones de pesos a veces convertidos en dólares extraídos del erario o de los bolsillos de los contratistas, que dejan al mexicano absorto de la capacidad de acumulación de riqueza... Opina que “alcanzaría para que los nietos sigan el tren de vida del voraz ascendiente”… Que afirmaba que la moral “era un árbol de moras”.

El afán de acumular dinero por tortuosos caminos para evitar la acusación de peculado o abuso del poder, es como el consumir drogas porque causa adicción, dependencia y genera síndrome de abstinencia. Son las mismas características que concurren en el ansia o ambición de poder y en el afán ilimitado de poseer bienes y riqueza. Son, por lo tanto, el poder y la riqueza sendas tendencias o inclinaciones naturales que sienten las personas obsesiva y compulsivamente, para alcanzar, conservarlo, conseguir bienes, ganancias y bonanza.

Ambas tendencias son, por su propia naturaleza, difíciles de controlar y reprimir. Además son expansivas, pues tanto el poder como la riqueza tienden no sólo a conservarse y perdurar, sino también a aumentar e incrementarse.

Nadie, en efecto, deja voluntariamente el poder. El disfrutarlo es una dependencia vital y casi exclusiva que los convierte en rehenes de sus propias ambiciones, acciones e ideas obsesivas.

En la política es en donde se observa con mayor claridad la influencia que tiene la droga del poder. En efecto, los políticos viven con la obsesión de alcanzarlo y, una vez logrado, se esfuerzan en mantenerlo, aumentarlo sin escrúpulos y, sobre todo, no perderlo.

Cuando cesan o pierden el poder, nace en el ánimo de los políticos el síndrome de abstinencia que les provoca verdadera intranquilidad e impaciencia por conseguir recuperarlo a como dé lugar lo más rápidamente posible.

La riqueza hace esclavos de la misma a sus dueños, produciendo lo que se llama la “sumisión del ser al tener”.

Los políticos no se conciben sin un respaldo económico para sobrevivir en el entorno y mucho menos, para lanzarse a una campaña electoral. El dinero manda, no las ideas. De ahí una de las frases más cínicas escuchadas en nuestro país: “Un político pobre es un pobre político” . Quiere decir que la respetabilidad, el honor, la moralidad, el prestigio… no tienen la mayor importancia para la clase de políticos de los que ahora se habla.

Que alguien egrese con las manos limpias de un alto cargo, sería objeto de un estudio por la rareza de ver un caso de “pobreza inexplicable”.

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