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Jueves , 20.09.2018 / 02:25 Hoy

Columna de Marco Sifuentes

La sangre llama

Marco Sifuentes

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La derrota no tiene madre ni padre ni tutor, pero sí responsables. En el PAN, la derrota tiene nombre y apellido, se llama Ricardo y se apellida Anaya, pues de él fue la apuesta, la forma y el fondo de una malograda candidatura impuesta contra los usos y costumbres de un partido que siempre se distinguió por su democracia interna.

Vaya, pero Anaya nunca estuvo solo, tuvo aliados, cómplices y hasta fanáticos que no sólo le opusieron resistencia como se estilaba y se esperaba, sino que lo alentaron y vitorearon hasta el cansancio aun en la derrota, como si ésta no fuera el efecto de su propia causa.

Entre esos aliados, destacan quienes sí se alcanzaron a beneficiar del modelo implantado por Anaya, resultando primero candidatos y luego, con un poco de suerte, gobernadores de sus estados, aunque algunos ni siquiera comparten ni militancia ni valores con Acción Nacional.

Los ex priistas, gobernadores de Durango, Veracruz y Quintana Roo, el de Nayarit que tampoco tiene su origen en el PAN y los de Querétaro, Tamaulipas y Aguascalientes, que sí tienen militancia e historia panista, fueron al menos omisos cuando Anaya se hacía del control absoluto del partido.

Ahora que Anaya pretende heredar a sus incondicionales la dirigencia que usó como mero trampolín de sus aspiraciones, en la persona de Marko Cortés, los gobernadores se erigen en señores feudales oponiéndole una dupla encabezada por Héctor Larios y secundada por Rafael Moreno Valle, otro ex priista de métodos no muy compatibles con la doctrina de Acción Nacional.

Se trata pues, de un duelo de bandas más que de una sucesión ideológica o programática, ni siquiera de un relevo generacional. Huele a arrebato, a pugna, a una mezquina disputa de las morusas que ambos grupos dejaron.

Ante esta batalla campal y polvorienta, entre montoneos, gritos e improperios, afortunadamente, no todo está perdido para el partido que fundara Manuel Gómez Morín hace casi 90 años, pues surge una tercera opción encabezada por quien hereda su nombre y se erige como alguien capaz de volverlo a sus raíces, recuperar su esencia y rescatar su doctrina, honrar su historia y devolverle el futuro al partido que nació bajo el llamado a mover las almas de los hombres mexicanos de buena voluntad que anhelaban cambiar la vida de este país.

La opción que representa Manuel Gómez Morín es para los militantes de a pie, una luz en el camino, una parada obligada, un cambio de rumbo a unos metros del precipicio.

Más allá de su apellido, a Gómez Morín lo distinguen su sencillez, honestidad y la bondad que se requiere para dirigir un partido de gente buena. Y es que la sangre llama.

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