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Jueves , 18.10.2018 / 01:07 Hoy

De monstruos y política

Salarios mínimos, dignidad y democracia

Marco Rascón

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A Efraín Huerta en su centenario:

(salario mínimo digno),

unpoeminimogrande y necesario

Si algo fundamental destruyó el neoliberalismo económico fue el valor del trabajo.

En México el valor aportado por los trabajadores ha pagado todos los errores, las ocurrencias, pifias y crisis que hemos vivido de 1976 a la fecha.

La fuerza de la economía debería medirse diariamente no por la Bolsa de Valores, sino por el nivel real de los salarios mínimos constitucionales (SMC).

El valor real y nominal del salario mínimo es una de las mayores violaciones constitucionales que hace el Estado mexicano contra sus trabajadores, pues nunca ha respetado lo que establece la Constitución en el Art. 123, capítulo VI: “Los salarios mínimos generales deberán ser suficientes para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos…”.

La pérdida de soberanía económica a partir de la entrega del manejo interno de la economía para satisfacer a nuestros deudores externos hizo recaer todo el peso de las crisis y los planes de estabilización en los trabajadores, a los cuales se les aplica hasta ahora, en contra de sus ingresos, el principio del “tope salarial” y la liberación de los precios y que lo convierte en una ficción.

Paralelamente, en estos 38 años el campo fue descapitalizado mediante la imposición de precios de garantía a los productos del campo, dejando el beneficio en manos de especuladores e intermediarios que gozaron de la liberalización de precios a costa de los trabajadores de la ciudad y el campo, los cuales pagaron con el valor de su trabajo los costos de la inflación y las crisis.

Resultado: la destrucción de la economía campesina, la migración masiva hacia las ciudades y Estados Unidos, el deterioro de los servicios públicos, una mentalidad individualista y deterioro general de las condiciones de vida.

Toda esta política impuesta desde el exterior y los organismos internacionales fue barnizada y bautizada en México como “política de austeridad” y que significó un control draconiano del gasto público, principalmente en los renglones de política social, asistencia pública, salud, educación y cultura. Con ello, la visión neoliberal mató varios pájaros con una pedrada, pues al mismo tiempo que reconstruía monopolios y oligarquías mediante la política de privatizaciones y despidos de miles de trabajadores, despojaba al país de sus herramientas culturales para defender la identidad nacional.

Es, por tanto, la destrucción del valor del trabajo, un atentado contra la soberanía y la seguridad nacional, misma que hoy seguimos pagando y por la que decenas de ciudades y cientos de pueblos se han criminalizado.

La propuesta del Gobierno del Distrito Federal de aumentar en 20 pesos nominales el salario mínimo diario —de realizarse— constituye un acontecimiento económico inédito y estructural en los 38 últimos años, pues siendo el salario mínimo actual de 67.3 pesos, el aumento significaría 30 por ciento al actual SMC, respecto a 3 o 4 por ciento promedio de aumento anclado a la inflación anual y, por ende, sin ninguna vocación ni estrategia para la recuperación del valor real del salario.

La izquierda en general pareciera no haber entendido ni registrado la importancia de este anuncio y su defensa, pues la defensa del valor del trabajo es un concepto perdido desde hace mucho tiempo aun entre los que se consideran socialistas y que se sustituyó por la “lucha contra la pobreza extrema” y el resentimiento social, a través de la llamada “austeridad republicana”, que se abanderó y se pactó por un sector siniestro de la izquierda a cambio de no tocar la política económica neoliberal.

Gracias a la impunidad pactada desde 1996, ha sido la política económica contra la pobreza la que más pobreza ha causado en el país y gracias a ella se construyó el nuevo sistema de partidos y esta “transición”, basada en el control del voto mediante la entrega de despensas y prebendas, inaugurando así el nuevo clientelismo político que padecemos.

La recuperación del valor del trabajo y un aumento real al salario es estructural. De llevarse a cabo —y para lo cual los trabajadores deben movilizarse y salir en su defensa—, la decisión podría desencadenar un amplio proceso de reformas que llevasen a defender el valor del trabajo de la inflación y las economías virtuales. El valor del trabajo es la base para la reconstrucción del tejido social y la dignidad.

Una sociedad con trabajo y pago justo crea ciudadanía, conciencia en los derechos y los deberes, libertad para decidir y democracia.

www.marcorascon.org

http://twitter.com/MarcoRascon

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