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Sábado , 15.12.2018 / 10:27 Hoy

De monstruos y política

La muerte del presidencialismo

Marco Rascón

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Cada 1 de septiembre nos recuerda, el presidencialismo que no existe más. Aquel que fue de formas imperiales, vertical en sus decisiones, que anunciaba generosamente aumentos de salarios desde el Congreso y del que dependía el valor de la moneda. El que reprimía defendiendo la unidad nacional y era omnipresente. El que nombraba a su sucesor sin disfraces democráticos, pero también sin aceptaciones.

La lucha por la democratización del país desde lo político y lo social (sindicatos, campesinos, profesionistas, universitarios, artistas y sectores populares) buscaba limitar el poder presidencial, como condición para el desarrollo de la conciencia ciudadana, de los derechos y el ejercicio de las libertades.

El tiempo dio la razón, sin embargo, muchos de los poderes que fue perdiendo el presidente fue dejando vacíos, hasta llegar al presidencialismo actual que ya no puede ni dialogar con el Legislativo y está sometido al rating de los medios, pero que carga como cetro oxidado al viejo sistema judicial que carece de prestigio, politizado, omiso, discrecional y corrompido en sus partes.

En el fondo, la crisis del presidencialismo (que hoy se lo disputan como si fuera el viejo poder absoluto) significa la crisis y el final del viejo régimen. En 2018, el país camina hacia una elección de una institución decadente, aislada, entre un federalismo deformado y un centralismo que carece de representatividad y eficiencia para cumplir con sus promesas.

La promesa electoral es pantomima, porque no puede ser cumplida ante la falta de mayoría para reformar. Es rehén de minorías que negocian y paralizan a cambio de prebendas.

A esto se le pretende sustituir por los gobiernos de coalición que pretenden dejar intacto el sistema de partidos para hacer gobierno a discreción de un presidente… prometedor, pero no obligado.

Tanto los partidos como el presidencialismo en crisis prefirieron cancelar los informes anuales, antes que generar un diálogo parlamentario entre poderes. Partidos y presidencia decadente han preferido la mudez al debate abierto.

En los últimos tiempos del presidencialismo del aplauso unánime surgieron las interpelaciones y lo que era una demanda a gritos en el Congreso se convirtió en silencio cómodo para ambos poderes.

Más que gobiernos de coalición o segundas vueltas, México tiene la oportunidad de construir un sistema parlamentario, una fábrica de acuerdos, coherente, institucional y multidimensional de consensos de políticas públicas, más allá de lo sexenal, ante un país diverso con derechos que buscan ser incluyentes.

Ante la decadencia presidencialista, México requiere un parlamento democrático.

www.marcorascon.org

@MarcoRascon

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