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Miércoles , 15.08.2018 / 10:38 Hoy

A la intemperie

Ni tregua ni medallas

Marco Provencio

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Había una época en la que, cuando menos en la Grecia antigua y cuando menos por unos días, se abría una tregua generalizada a los conflictos para dar paso a los Juegos Olímpicos. En esas fechas no había nada que fuera más importante que qué tan lejos volaba una jabalina, surcaba un disco o brincaba algún atleta en el santuario de Zeus, en Olimpia. Es una pena que esa maravillosa tradición esté ahora en el olvido.

Que se sepa, ningún lugar en el mundo ha decretado una “paz olímpica” en estos días. No importa que desde 1993 la Asamblea General de la ONU haya resuelto instar a sus miembros a observar dicha costumbre al menos cada cuatro años. Vaya, resulta ahora que ni siquiera los propios atletas son merecedores de un cese temporal de las hostilidades, cuando menos no los atletas mexicanos.

En efecto, el “mal humor social” y la “desesperación por las medallas” —como si no hubiera otros temas más importantes en la vida— han generado una enorme presión pública sobre nuestros atletas de élite, que eso es lo que es un atleta que califica por sus propios méritos a unos Juegos Olímpicos. Quien desdeña a un atleta por haber terminado en el décimo o vigésimo o inclusive trigésimo lugar en su prueba olímpica es con frecuencia alguien que ignora de lo que habla, aunque muy a la mexicana se sienta con pleno derecho a expresar su resentimiento y frustración provenientes de otros ámbitos.

Lo anterior, una defensa del deportista en lo individual, no lo es del sistema deportivo de nuestro país, en absoluto. Ahí tampoco ha habido tregua en estos días, como se esmeran en evidenciarlo los responsables del Comité Olímpico Mexicano y de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte. Cierto, ellas no son las que compiten (aunque en algún sentido sí lo hacen ante sus similares de otros países), pero ésta, por ejemplo, es responsable de fomentar la incorporación masiva de la población al deporte (fracaso: véase el índice de obesidad infantil y juvenil en el país), con el propósito de que el deporte fortalezca el desarrollo social y humano (otro fracaso: véase el índice de violencia en el país). Total, el problema no es la ausencia de medallas, sino lo que todo esto dice de nuestra sociedad, aunque no nos guste reconocerlo, pues no sabemos vernos en el espejo.

“La guerra sin disparos”, como llamaba George Orwell a los Juegos Olímpicos, o “la continuación de la guerra por otros medios”, a la Von Clausewitz, está por terminar. Acá, lamentablemente, están por tomar vuelo varias otras guerras. Esperemos que todas sean sin disparos, como en el ámbito político-electoral de cara a 2018, aunque crece el riesgo de que sí los haya en otras partes ante la creciente intransigencia de algunos grupos sociales.

mp@proa.structura.com.mx

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