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Lunes , 22.10.2018 / 04:07 Hoy

A la intemperie

Eran miles. Ahora los globalifóbicos son millones

Marco Provencio

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A la memoria de Luis González de Alba,
cuya
"incorrección" era con frecuencia
de lo más certero que se podía leer.

En 1979, cuando los empleos manufactureros en Estados Unidos alcanzaron su nivel máximo, 19.5 millones, 0.1 por ciento de las familias —una de cada mil— poseía 7% de la riqueza del país. Hoy, esas mismas una de cada mil familias concentran 22%. Buena parte de la propensión políticamente suicida de millones de votantes estadunidenses al considerar elegir a quien en cualquier otra circunstancia sería completamente inelegible se debe a la mayor concentración de riqueza que el mundo haya visto jamás.

Dos décadas después de aquel lejano año en el que Sony introdujo el Walkman, miles de personas se manifestaron en Seattle contra la reunión de la Organización Mundial de Comercio. Poco después el presidente Zedillo retomó alguna frase y dio fama al término de los globalifóbicos. Quién diría que años después el globalifóbico mayor podría hacerse de la presidencia estadunidense ¡y desde el partido republicano!

Sociedades abiertas requieren economías abiertas. Sociedades democráticas requieren economías equitativas que permitan que haya progreso para distribuir sus frutos. Salvo que algún lunático o fanático crea que en la Venezuela de Chávez y Maduro se vive mejor que en la de sus antecesores, es claro que no es el comercio el causante de la disparidad creciente. Sí es, en cambio, un chivo expiatorio fácil de cargar con las culpas del cambio tecnológico y de gobiernos irresponsables. Pero quien aspira a ser dueño del poder de la presidencia de EU (dueño, pues hay quien no entiende de la vida más que por relaciones de propiedad y de poder) ha logrado centrar la elección en una de las cuestiones más acuciantes de nuestro tiempo: quién gana y quién pierde con la globalización.

Que se sepa, sin importar cuántas veces Mafalda demandaba a gritos que se parara el mundo, pues se quería bajar, resulta que éste no solo no se ha detenido sino que, incluso, en ocasiones opera en sentido contrario para quien no lo entiende. Véase, por ejemplo, cómo cada vez que Trump sube en las encuestas el peso se deprecia, haciendo más competitivas nuestras exportaciones y más caros los productos del vecino.

Total, a reserva de seguir machacando sobre el tema, no hay economista serio que se respete de serlo que secunde las propuestas de Trump en esta materia. Pero así como los británicos se cansaron "de oír a los expertos", pues querían oír la voz de la "gente normal", es de desearse que los estadunidenses no escuchen el canto de las sirenas para no terminar todos encallados.

mp@proa.structura.com.mx

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