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Jueves , 21.06.2018 / 15:55 Hoy

A la intemperie

El nada mágico San Ángel mágico

Marco Provencio

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Hace un año, don Mario Cárcamo, gran conocedor de los retos del turismo, me hacía ver una nota en MILENIO Diario (septiembre 19, 2014) con una información preocupante de la Secretaría de Turismo: solo tres de los 83 Pueblos Mágicos de ese entonces cumplían plenamente los requisitos para ser parte del programa. Una semana después, el Diario Oficial de la Federación publicaba nuevos lineamientos para la incorporación y permanencia de las localidades que aspiraran a dicha acreditación.

El programa tiene sus orígenes en las épocas de Leticia Navarro (2001), quien tuvo un papel destacadísimo al frente de la Secretaría de Turismo. En esencia, con él se abre la puerta a recursos federales para invertir en el desarrollo del mercado turístico. Esos recursos son los que ahora han motivado a diversos grupos a promover que San Ángel, zona de tradición de la capital, pueda recibir el distintivo de Pueblo Mágico.

"Habrá recursos para tener un cableado subterráneo, para restaurar edificios emblemáticos, para rescatar áreas verdes y contar con mayor seguridad", dicen los promotores. Consideremos que sus intenciones son loables y que hasta tengan algo de razón. El problema es que todo ello es claramente insuficiente para contrarrestar la muy justificada desconfianza ciudadana ante el caos y la corrupción imperante en el desarrollo urbano de la ciudad.

Para muestra sobran los botones. Van algunos. El gobierno capitalino se ha negado a ratificar los programas parciales que durante años han amparado a ciertas zonas de la ciudad, como San Ángel y Chimalistac, de la voracidad de los desarrolladores; se ha negado también a reglamentar —prohibir— el tránsito de camiones pesados que circulan a todas horas por el corazón de la zona; ha autorizado la construcción de inmensos centros comerciales y una decena de edificios de cerca de 20 pisos en la zona. ¿Pueblo? Véase el colapso cotidiano de las vialidades, el ambulantaje sin límites, el deterioro de la infraestructura urbana y constátese el impacto de un desarrollo voraz y desenfrenado. ¿Mágico?

Ahora, el secretario De la Madrid tiene la oportunidad de revalorar un distintivo que se ha venido diluyendo por nuestra clásica manera de hacer las cosas: relumbrón inicial y olvido posterior. Bien dice el asambleísta Fernando Zárate: "En la medida en que se acentúe la confrontación entre políticos —desarrolladores y ciudadanos—, la capital se irá envileciendo aún más". El antiguo Tenanitla, San Ángel, cuyos primeros asentamientos coloniales datan de la segunda mitad del siglo XVI, no tiene prisa y bien puede esperar hasta que a sus habitantes les convenza la razón y no el amedrentamiento.

mp@proa.structura.com.mx

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