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Sábado , 26.05.2018 / 22:50 Hoy

El color del cristal / y II

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Una nación puede sobrevivir a sus tontos o ambiciosos,
pero no puede hacerlo ante traiciones internas:

Cicerón

Con relación a la política, tal vez lo más relevante de la frase de Campoamor no es aquello que dice que todo es según el color del cristal con que se mira. En realidad, ello es aplicable a cualquier aspecto en la vida, desde lo ético —lamentablemente— hasta lo estético —inevitablemente. Si ni siquiera la historia sucedió como en verdad fue sino como se le recuerda, García Márquez dixit, se entiende todavía más que todo suceso cotidiano se interprete en función del color del cristal que cada uno de nosotros tiene frente a sí.

Para la política, sin embargo, el componente más relevante de la máxima de Campoamor es su preámbulo. Aquello de “…en este mundo traidor…” resulta una advertencia que, más frecuentemente que no, aparece cuando se trata de asuntos de la cosa pública.

La Real Academia Española define traición como aquella “falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener”. En una época que pareciera cada vez más común que las personas se traicionen a sí mismas, ¿por qué no habrían de hacerlo con los demás? ¿Por qué, a qué o quién y para qué habría que guardar fidelidad o lealtad, cuando ambos términos comenzaron hace tiempo una lenta agonía y escasean hoy en día en el argot cotidiano?

En estos días. Germán Martínez Cáceres publicó en Reforma un interesante y provocador texto, “Vía traicionera a Los Pinos” (https://goo.gl/RemFZh). Citando a dos autores franceses, Denis Jeambar e Yves Roucaute, traicionar significa “… elegir, optar, decidir, abrazar el futuro sin mirar al pasado…”. Por tanto, “la traición es el acto libre del hombre que funda la política”. Nada de quebrantar la fidelidad o lealtad a algo o a alguien. Mucho menos cuando se tiene éxito en la encomienda. Si el PAN nulifica a una parte importante de los suyos para asociarse con la izquierda, y lo mismo pasa como resultado de la compra de dos partidos negocio por parte de Morena (¿o se trata de una venta?) y de la apropiación de ciudadanos por el PRI para que le representen, los autores de Elogio de la traición dirían que nunca el cambiar de opinión puede ser considerado una traición… menos si se tiene éxito.

Decía el escritor G. K. Chesterton que si la traición política fuera un crimen, las calles estarían atestadas de políticos ahorcados. Exageración inaudita, sin duda alguna, más aún por tratarse de una práctica que no es exclusiva ni mucho menos de dicho ámbito. Sin embargo, deja ver que en julio próximo difícilmente habrá candidatos “sin pecado original concebido”, aunque más de uno insista todo el tiempo en darse baños de pureza.

mp@proa.structura.com.mx

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