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A la intemperie

Digresiones sobre la nueva guerra del opio / y III

Marco Provencio

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Las dos guerras del opio en el siglo XIX entre la dinastía Qing y el imperio británico son capítulos diferentes para cada país. Herida abierta y profunda en China, habiendo sido su primer conflicto armado con una potencia occidental y mismo que le hizo ceder territorio y orgullo, se trata sin embargo de un pasaje casi inexistente en la memoria colectiva de Gran Bretaña.

Las justificaciones intelectuales detrás del conflicto son aún más divergentes. Para unos, era el choque inevitable entre la fuerza del progreso a través del libre comercio y el sesgo confuciano contra el materialismo y los mercaderes. La historiadora Julia Lovell argumenta que Occidente construía toda clase de explicaciones para decir que el opio no era lo relevante en el conflicto. Éste era resultado de culturas económicas y políticas diferentes: "Buscaban una justificación moral a una guerra que, en esencia, tenía como único propósito proteger un comercio ilegal pero a todas luces muy lucrativo" (https://goo.gl/MqhmzV).

La adicción a la seda, la cerámica y el té generaba a los británicos un importante déficit comercial en su relación con China. La manera de resarcirlo en ese mundo era mediante la exportación de lo único que los consumidores chinos querían de los británicos: opio.

Es curioso que algunas visiones del pasado regresen casi dos siglos después a un mundo más complejo, incierto e interrelacionado, y por lo tanto más volátil y vulnerable. Sin embargo, pese a la errónea, infantil e insustancial arremetida del Sr. Trump contra el déficit comercial estadunidense con México, nuestras diferentes políticas en materia de producción y consumo de opiáceos y de drogas ya cooperan para que dicho déficit no sea mayor.

Aquellos tienen una clara política proteccionista en favor de su muy importante agroindustria productora de mariguana, con sus consecuentes fortunas en California y otros estados. Nosotros, sin embargo, no levantamos ni un susurro al respecto, y continuamos con la injusta e insensata persecución de campesinos o de todo aquel que cultive la planta, protegiendo al productor del otro lado y evitando que se ensanche el déficit comercial. En materia de opiáceos la historia no es muy distinta. "Tenemos un apetito insaciable por drogas", reconoció hace poco el general John Kelly, antes de ser nombrado jefe de Gabinete de la Casa Blanca. Sin embargo, de nuevo hay un muro de silencio sobre una posible solicitud a la Convención de Estupefacientes de la ONU para que nuestro país pudiera legalmente producir opio para fines médicos. ¿O acaso hay alguna otra salida a la inmisericorde crisis de violencia en Guerrero? La verdadera guerra, pues, es en realidad acá, mientras que el consumo de todo tipo de drogas, tanto para fines médicos como de otro tipo, sigue siendo allá.

mp@proa.structura.com.mx

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