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A la intemperie

Detener el mundo

Marco Provencio

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En la Grecia clásica, el inicio de los Juegos Olímpicos obligaba a una tregua en todos los conflictos armados. Digamos que era una forma de reconocer lo verdaderamente importante, aquello que logra que se deje de lado cualquier rutina y se atienda a lo que alimenta o reconforta el alma. Claro que las sociedades viven de lo que hacen de manera rutinaria, un día sí y otro también, aunque lo hagan deseando librarse de sus cadenas para después permanecer en el mismo lugar tras haberse quitado los grilletes.

Dice una experimentada voz en la radio que “el deporte es una excusa para ser feliz”. Por ello, la copa mundial de futbol es una excusa para soñar y creer que el mundo puede ser diferente, que el chico se puede imponer al grande, que las reglas aplican igual para todos, que el resultado es producto del esfuerzo, que el héroe con frecuencia es aquel que menos se esperaba, que hay justicia, sea divina o por la mano del hombre o la tecnología del VAR; que más allá de colores de piel o de banderas, de creencias o abundancias o insuficiencias, todos somos iguales, pues vivramos ante las mismas gestas y nos afligimos ante los mismos descalabros.

Vieron 3.2 mil millones de personas, cuando menos, una parte del Mundial hace cuatro años. El más reciente Súper Bowl atrajo a 103 millones; las recientes olimpiadas de invierno a 20. Esa es acaso su magia y su perdición: la moneda, de circunferencia igual a la del balón, se ha impuesto y por tanto el futbol, como buena parte del deporte, ha pasado a ser visto más como negocio que como culminación del ocio, una forma de satisfacer apetitos nacionalistas y carteras de los grandes consorcios más que un vehículo para hermanar y liberar.

Ello explica el júbilo desmesurado y el visiblemente mal gusto en la reacción de los dirigentes ante la asignación del Mundial de 2026. La división de los 80 juegos de ese torneo en 60 para los estadunidenses y 10 cada uno: canadienses y nosotros, nos deja en un triste papel de comparsas del vecino. Y todo para tener el récord de ser el único país en “organizar” tres veces el Mundial, “récord” que aparecerá al lado de un asterisco tan grande como la ofensa. Los señores de la Federación de fútbol aceptaron sentarse a la mesa despues de que les ofrecieron recibir un juego del Mundial, ¡un juego!, por lo que ahora creen que es un éxito haber multiplicado por diez el punto de partida. Para muestra de la ofensa, los 64 juegos del Mundial de 2002 se dividieron a partes iguales entre Corea y Japón. Acaso sería difícil argumentar dividir 80 en tres partes iguales, ¿pero qué tal una mitad para el grande y la otra entre los otros? Agua que ha corrido bajo el puente...

Ojalá pudiéramos ser como aquellos griegos. Y que el Mundial no durara un mes sino un año, para que al término ya no recordáramos por qué estábamos peleando.

mp@proa.structura.com.mx

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